El arrebato bélico de Erdogan

(Attila/Shutterstock)

UNA ESTRATEGIA CON FINES ELECTORALISTAS

El arrebato bélico de Erdogan

Por Akram Belkaid*

Disconforme por no haber conseguido una mayoría para fortalecer su poder, el presidente turco convocó a nuevas elecciones legislativas para el 1º de noviembre. Con ese objetivo, el jefe de los islamistas conservadores endurece la represión contra la oposición progresista y los kurdos, tanto dentro como fuera de las fronteras de Turquía.

in él y sin su partido, no hay salvación… El 11 de agosto de 2015, durante un discurso televisado, Recep Tayyip Erdogan, sirviéndose de un tono marcial y paternalista a la vez, dio una señal implícita de la campaña para las elecciones legislativas anticipadas que deberían tener lugar en otoño. Evocando sucesivamente el fin del proceso de paz con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), la decisión de atacar militarmente al PKK, pero también a la organización del Estado Islámico (EI), y la necesidad para el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de gobernar solo para seguir llevando a cabo las reformas, el presidente turco reivindicó un balance positivo. “Actúa como si no hubiese sufrido ningun revés en los últimos dos años –observa Taha Akyol, editorialista de Hurriyet, diario de centroderecha–. Relativiza incluso la incapacidad del AKP para obtener la mayoría absoluta en el escrutinio legislativo del 7 de junio pasado, diciendo que ‘sólo’ le faltaron dieciocho diputados.”
Es cierto que el aura del ex primer ministro –fue elegido presidente en agosto de 2014– palideció, después de cumplir durante mucho tiempo el rol de artífice de una renovación turca, tanto sobre el plano económico como geopolítico. La represión violenta de los manifestantes de la Plaza Taksim, en la primavera de 2013, sacó a la luz sus inclinaciones antidemocráticas. Las persecuciones se vuelven casi sistemáticas contra opositores o periodistas considerados demasiado críticos. Por haber denunciado esta deriva autoritaria y la ambición de Erdogan de fortalecer los poderes presidenciales, los militantes y simpatizantes del predicador Fethullah Güllen –instalado en Estados Unidos– son desde hace un año objeto de una persecución judicial (1). La represión también alcanza a los magistrados que, en diciembre de 2013, lanzaron una investigación por corrupción contra el entorno del jefe de Estado, entre los que se contaban varios de sus ministros y su hijo Bilal. Acusados de pertenecer a una “organización criminal que intentó voltear al gobierno por la fuerza”, suspendidos de sus funciones, tres fiscales tuvieron que abandonar Turquía precipitadamente durante el verano.
Tensión y violencia política

En el plano geopolítico, “la gestión turca de la crisis siria es un fiasco, marcado por varios errores estratégicos –explica Didier Billion, director adjunto del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas (IRIS)–. Al convertir la caída de Assad en una obsesión, Turquía financió a varios grupos rebeldes más o menos incontrolables. Hoy es incapaz de cumplir un papel principal en la búsqueda de una solución diplomática y del armado de una transición negociada”. La decisión tomada por Ankara en enero de 2015 de apoyar, junto a Qatar y Arabia Saudita, “el Ejército de la Conquista”, que cuenta entre sus componente al Frente Al-Nosra, rama siria de Al-Qaeda, parecía destinada a paliar la falta de solución para deshacer al régimen de Damasco o para llevarlo a una negociación.
Erdogan tampoco supo apreciar el regreso de Irán al juego regional, como lo destaca Jeremy Shapiro, politólogo en el Centro de Investigación Brookings en Washington: “El gobierno turco no creyó verdaderamente en la posibilidad de un acuerdo con Irán por el tema nuclear”. Resultado: se da cuenta tarde de que su vecino y rival iraní se está volviendo a convertir en un interlocutor de peso para Estados Unidos. Más que los atentados en suelo turco imputados al EI, es sobre todo la necesidad de estrechar los lazos lo que hizo que Ankara aceptase, el 24 de julio, que los aviones de la coalición armada por Washington contra la organización pudieran usar la base de Incirlik, en el sur de Anatolia.
En el plano interno, los resultados del escrutinio de junio representaron un revés mayor para Erdogan, acostumbrado a los éxitos electorales desde la primera victoria del AKP, en 2002. Ciertamente, la formación islamista-conservadora sigue siendo la primera fuerza política del país, pero, habiendo perdido su mayoría absoluta, para gobernar tiene que formar una coalición con otro partido. Y, sin el control de los dos tercios del Parlamento, no es posible ninguna revisión constitucional que permita reforzar los poderes presidenciales. Muchos observadores ven en este fracaso la causa de la puesta en marcha, desde el 24 de julio, de una estrategia de tensión. Al comprometer a su país en “una guerra sincronizada contra el terrorismo”, dicho de otro modo contra el EI, pero sobre todo contra el PKK, el poder turco está motivado en primer lugar por consideraciones electorales y por la voluntad de obtener una mayoría absoluta con la convocatoria a nuevas elecciones.
La cuenta es simple: al romper la tregua con el PKK, bombardear sus bases en el Kurdistán iraquí y llevar a cabo miles de arrestos de militantes o de simpatizantes de la causa kurda, el gobierno les manda señales a los partidos nacionalistas reticentes o directamente hostiles al proceso de paz. Si eso no alcanza para convencer al Partido Republicano del Pueblo (CHP), kemalista, o al ultraderechista Partido de Acción Nacionalista (MHP) como para votar la reforma constitucional, o incluso participar en un gobierno de coalición –hipótesis en la que, de todos modos, Erdogan no cree y que la oposición rechaza–, sin embargo puede atraer hacia el AKP a cierto electorado nacionalista.
Del mismo modo, las persecuciones judiciales y las amenazas de disolución lanzadas contra el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), una coalición de partidos de izquierda y de formaciones pro kurdas, sólo pueden explicarse por la voluntad del gobierno de impedirle renovar su éxito electoral del 7 de junio. Al sobrepasar el umbral (muy elevado) del 10% de los votos necesario para ser representado en la Asamblea, este movimiento no sólo obtuvo ochenta diputados sino que además le impidió al AKP quedarse con la mayoría de las bancas. Selahattin Demirtas, el carismático jefe de filas del HDP, no se equivocó al declarar que el único delito de su partido era “haber obtenido el 13% de los votos en las últimas elecciones”. La justicia, estrechamente controlada por el poder, está haciendo investigar al jefe del “Syriza turco” por “incitación a la violencia” y por “perturbación del orden público”, lo que le puede valer una pena de veinte años de prisión.
Al atacar al PKK y al HDP, Erdogan corteja al electorado nacionalista, pero también ajusta sus cuentas con esa izquierda cuyas ideas progresistas detesta, y que trató de “chusma” tras la movilización popular por la defensa del Parque Gezi, en mayo de 2013 en Estambul (2). Ardiente defensor del liberalismo económico, execra las propuestas del HDP tanto en materia de protección social como de defensa del medio ambiente. También desprecia su apego al laicismo, y no le gustó que el partido le reprochase una injerencia en la esfera privada después de que invitara a las familias turcas a “que tengan por lo menos tres hijos”.
Sobre todo, estima el economista Emre Deliveli, “esta estrategia de la tensión y la violencia política que engendra deberían beneficiar al AKP en el plano electoral”. Este especialista pretende demostrar, apoyado por estadísticas, que cada gran crisis desde 2002 le habría permitido al AKP acaparar los votos de aquellos que le temen al desorden (3). Aunque nada garantiza que sea esta vez el caso, algunas encuestas publicadas a mediados de agosto muestran un aumento en la intención de voto al AKP, que puede esperar una mayoría de las bancas si el HDP queda por debajo del 10% de los votos.
Jugar con fuego

“Es una huida hacia adelante incoherente y un enorme desperdicio –considera por su parte un empresario turco, miembro influyente de la TÜSIAD, una organización patronal más bien reservada en lo que al AKP respecta y que está lejos de compartir las ideas antiliberales del HDP–. El alto el fuego con el PKK era respetado globalmente desde hacía dos años. Es lamentable que consideraciones de política interior reanimen un conflicto que ya lleva más de 40.000 muertos.
Hoy, el país, principalmente el sudeste, se asoma a una situación preinsurreccional.” Otros patrones turcos mencionan los riesgos de desestabilización del Kurdistán iraquí, donde están instaladas muchas empresas turcas y donde la propaganda del PKK acusa al presidente Massud Barzani de estar a sueldo de Ankara.
Consultado, un diplomático árabe en función en la capital turca no descartó el motivo electoral de la ofensiva contra los kurdos, pero también propuso otra explicación: “Varios militares, de los cuales muchos son cercanos al AKP, están haciendo sonar la alarma desde hace meses. Según ellos, el PKK y su aliado sirio, el Partido de la Unión Democrática [PYD], sacan ventaja de la situación en Siria. Turquía quiere impedir que un segundo Kurdistán autónomo, sirio, esta vez, surja en su frontera”. El nombramiento a la cabeza del Estado Mayor del Ejército, el 5 de agosto, del general Hulusi Akar, partidario de una línea dura en contra de los autonomistas kurdos, confirma este análisis. La voluntad de frenar la creciente influencia del PKK en Siria explica por qué al gobierno turco le importa tanto la creación en territorio sirio de una zona de contención de unos cien kilómetros de largo y de cuarenta kilómetros de ancho de donde serían expulsados los combatientes del EI, pero también las unidades de protección del pueblo kurdo (YPG).
“Al pueblo kurdo se lo sacrifica en el altar de las ambiciones ultrapresidenciales de Erdogan y de su incapacidad de ayudar a Siria”, estima Mehmet Karer, joven militante kurdo del HDP que no deja de denunciar la amalgama entre el PKK y el EI. “Las autoridades afirman que llevan a cabo una doble guerra en nombre de la lucha contra el terrorismo. Pero el más atacado es el PKK. A Daesh [acrónimo árabe del EI] el ejército lo cuida, y la policía más todavía.”
El poder turco sigue minimizando la capacidad de daño del EI, cuando este último es responsable del atentado suicida que, el 20 de julio, les costó la vida a treinta y dos jóvenes militantes de izquierda en la ciudad de Suruç. “Daesh y el PKK son dos amenazas para la seguridad nacional de Turquía. El PKK ataca a civiles y a soldados turcos todos los días. Por lo tanto es normal que nuestra respuesta sea diferente”, intentaba justificarse Cemaltettin Hasimi, jefe del Departamento de Prensa del primer ministro turco, durante una conferencia de prensa en París el 12 de agosto pasado.
Para contradecir las acusaciones de connivencia con el EI, las autoridades turcas anunciaron haber interceptado y expulsado a más de “setecientos combatientes terroristas extranjeros” (contra quinientos veinte en 2014) que intentaban pasar a Siria. Para Billion, la ruptura entre Ankara y el EI estaría consumada desde la primavera pasada: “Incluso si los números son inverificables, es evidente que hay células dormidas de Daesh organizadas en Turquía y que tranquilamente pueden reclutar entre los dos millones de refugiados sirios. Eso representa una amenaza interna real”. Escéptico, un ex ministro del gobierno de Süleyman Demirel no se guarda nada: “Erdogan eligió la peor de las estrategias al atacar al PKK y al enfrentar blandamente a Daesh. Es lo opuesto a lo que se tendría que haber hecho.
Esta organización mató a jóvenes que querían participar en la reconstrucción de Kobane. Humilló a nuestro país, en junio de 2014, al raptar a unos cincuenta diplomáticos nuestros. Turquía tarde o temprano corre el peligro de enfrentarse pesadamente con la violencia de Daesh. Y en ese entonces ¿qué vamos a hacer? ¿Pedirle perdón al PKK e implorarle que nos ayude, dado que, por el momento, el PKK y sus aliados sirios son los únicos que se hacen respetar por los yihadistas?”. Un razonamiento que comparte Aaron Stein, investigador en el Rafik Hariri Center for Middle East en Washington: “A largo plazo, crear dos frentes es cualquier cosa menos inteligente. En el plano militar, dispersa las fuerzas y priva a Ankara de un aliado potencial”.
Interesada en poder usar las instalaciones militares turcas en su lucha contra el EI, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) dio su aval a las operaciones contra el PKK, que, a mediados de agosto, llevarían ya un centenar de muertos, incluidos civiles del Kurdistán iraquí. El llamado a la mesura de Estados Unidos y de los europeos no parece para nada convincente ya que a estas mismas potencias les cuesta criticar abiertamente la moderación turca en lo que respecta al EI. “Estamos esperando la gran acción militar contra Daesh que demuestre que el tiempo de la dudosa connivencia se ha acabado”, confirma el diplomático árabe, para quien Erdogan podría mantener este estado de “guerra verdadera-falsa” contra el EI hasta las próximas elecciones con el objetivo de retener a su electorado islamista más o menos simpatizante de los yihadistas. Porque, como destaca Yezid Sayigh, investigador en el Carnegie Middle East Center en Beirut, “para entender el contexto actual, siempre se vuelve a la política interna turca”.
Regreso del autoritarismo, maniobras electorales, creciente aislamiento diplomático, aventura militar: el costo de las ambiciones de Erdogan no para de aumentar, a riesgo de abrir un peligroso nuevo capítulo en la historia de Turquía.
1. Véase Ali Kazancigil, “El enigma Gülen”, Explorador, Tercera serie, Nº 4, “Turquía. Donde chocan los mundos”, Le Monde diplomatique - Capital intelectual, Buenos Aires, septiembre de 2015.
2. Véase Tristan Coloma, “El islamismo populista y neoliberal de Erdogan”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2013.
3. “Is Erdogan warmongering for political power?”, Hürriyet Daily News, Estambul, 31-7-15.

* Periodista.

Traducción: Aldo Giacometti

Fuente: eldiplo.org

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