CHILE,VIVIR Y MORIR EN EL PAÍS DE LA HOMOFOBIA.

En los colectivos, los negocios, las canchas de fútbol chilenas flota la discriminación a los homosexuales. Una pareja de lesbianas, golpeada por sus familiares; un ex suboficial del Ejército que renuncia por hostigamiento y una universidad católica que promueve terapias de reconversión: los casos se repiten como si fuera algo natural. Según una encuesta de la Universidad Diego Portales, más de cinco millones de habitantes de ese país creen que la homosexualidad es una enfermedad. En el año en que se aprobó la Ley Antidiscriminación, los gays chilenos enfrentan a los homófobos.

Por: Jaime Parada / Jorge Andrés Rojas González - Fotos: Cristóbal Olivares

6 de octubre. El bus que sale de San Fernando con destino a Santiago de Chile va repleto de pasajeros. En la carretera suben cuatro travestis.

—Mira, mira, mira —le dice una señora a sus hijos—. Mira po’, hueón, unos hombres disfrazados de mujeres.

Los niños se quedan observándolos con asombro y sin disimulo, como si al frente tuvieran a los payasos de un circo. Se ríen de ellos durante todo el trayecto.

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Frente a la tumba, recibiendo la lluvia en la cara, Cristián Urbina saca de su bolso un lápiz y dos tarjetas: una de condolencias y la otra de cumpleaños. Se sienta y escribe: “Feliz cumpleaños Daniel Zamudio Vera. Te pido por mi familia, tu familia y amigos. Cuídanos. Te quiero mucho”.

Es la décima vez que Urbina visita la tumba. Cuando se para frente a la lápida no puede evitar pensar en los duros momentos que precedieron a la muerte de Daniel Zamudio, el joven gay de 24 años al que cuatro neonazis torturaron en marzo en un parque.

— Daniel, estás en un lugar mejor y allá nos representas a todos los gays. Te pido que se termine la homofobia —implora mientras se persigna.

No es el único que le ruega. Las plegarias se han multiplicado. Zamudio es una especie de santo gay, venerado por niños, adolescentes, madres y abuelos. Sobre la lápida, se acumulan las cartas.

Te pido mucha salud para una persona que yo amo, mi mamá. Dani, se va a hacer justicia, tu paso no fue en vano. Estarás mejor que en la tierra. Un beso. Te habla un joven homosexual, dice una.

Vas a ser recordado por todos y por toda la diversidad sexual, una trans. Un besito para ti y serás muy hermoso. Brenda, la goloza, dice otra.

En estos siete meses que han pasado de su muerte, su nicho ha sido decorado con banderas multicolores, globos metalizados y muchos regalos. Las cosas que a él más le gustaban: un abanico, un ángel, una figura de Minie, un auto, un pinche de pelo, un Chavo del ocho de felpa y un póster de Britney Spears.

La pleitesía que le rinden los feligreses como Cristián Urbina no sólo es religiosa. A causa de su muerte, el parlamento aprobó en 67 días una Ley Antidiscriminación que llevaba siete años tramitándose. La legislación fue bautizada como Ley Zamudio, y hoy es la herramienta legal con la que los homosexuales pueden defenderse de la homofobia. 

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En Chile, la homofobia es tan antigua como la homosexualidad. Hay registros de condenas a la hoguera y castigos corporales por sodomía que datan desde La Colonia. Quienes apoyaban estas prácticas sostenían que las relaciones homosexuales extinguían las comunidades. Uno de los últimos registros de un castigo físico del que se tiene constancia en Chile data desde 1873, cuando dos marinos de la Armada –Carlos Eledna y José Casagna- fueron acusados por sus compañeros de tener sexo a bordo de la emblemática corbeta Esmeralda. Ambos marinos fueron condenados a sesenta azotes y cuatro años de cárcel. Seis años después, el capitán Arturo Prat, uno de los artífices del castigo, encabezaría en esa misma nave el Combate Naval de Iquique en la Guerra del Pacífico.

Cien años después, la dictadura de Augusto Pinochet profundizó la homofobia. Los allanamientos a discotecas gay se multiplicaron, lo que dio origen a grupos civiles y políticos que defendieron los derechos homosexuales. En 1984, luego de que la arquitecta Mónica Briones apareciera muerta en la calle, con signos de haber sufrido un ataque homofóbico, una agrupación de feministas formó Ayuquelén, la primera organización lésbica con ideas políticas.

La vuelta a la democracia no trajo grandes cambios. Pese a que la Concertación (el conglomerado político que derrocó la dictadura) se representaba así misma en un arco iris, los colores no alcanzaron para los homosexuales. En mayo de 1993, el presidente Patricio Aylwin fue entrevistado en Dinamarca por un periodista que le pidió explicaciones por las discriminaciones que sufrían los homosexuales en Chile. El diario La Nación recogió su respuesta: “En nuestro país no hay discriminación de esa índole. En general, la sociedad chilena no reacciona con simpatía frente a la homosexualidad”.

En los mandatos sucesivos, la cosa empezó a cambiar. En 1998 se eliminó del código penal el delito de sodomía. Tanto en el gobierno de Michelle Bachelet como el actual, de Sebastián Piñera, los homosexuales salieron a disputarle los espacios a la homofobia.

Según la última medición de la Universidad Diego Portales (UDP), un 59,2% de los chilenos cree que la homosexualidad es una “opción” válida. Sin embargo, uno de cada tres chilenos cree que es una enfermedad.

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Karla de la Fuente (21) y Pamela Zapata (20)  esperan que les asignen una pieza en Marín 014, uno de los más reconocidos moteles de Santiago. Un guardia entra al cubículo y les dice:

— Disculpen, pero no hay piezas disponibles.

— ¿Cómo que no hay piezas? Ya han pasado dos parejas — dice Karla y sonríe nerviosa.

Es que no pueden estar acá, porque son así —agrega el guardia mientras las echa a la calle. —Diez cuadras más abajo, hay un motel para ustedes.

Karla se ha preparado durante años para este momento. Desde que asumió su lesbianismo ha simulado varias veces cómo enfrentar su primera discriminación. Pero la situación la descoloca.  Al rato reacciona.

Al día siguiente, sus caras están en todos los canales de televisión y diarios. Es la segunda vez que Karla sale en la prensa. La primera fue en 2010, cuando ganó el concurso Miss Visibilidad Lésbica, un certamen organizado por el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), para elegir a la mejor representante de las lesbianas.

En el colegio donde hace su práctica como profesora de educación física, le advierten que tenga cuidado. Su madre también le sugiere cautela. Le recuerda los riesgos de ser una lesbiana conocida en Chile. Karla piensa en la muerte por segunda vez. La primera fue después de asistir al funeral de Zamudio.

A dos meses de interpuesta la demanda, el ministerio público aún investiga los hechos. La resolución final de este caso sentará un precedente. Si el resultado termina condenando a los dueños del motel, Karla y Pamela serán una pareja emblema. Habrá, por primera vez, un cambio judicial.

Antes de la ley Zamudio, las cosas eran distintas. En el 2004, los jueces de la Corte Suprema le negaron la tenencia de los hijos a la jueza Karen Atala, porque era lesbiana y vivía con su pareja. El fallo fue terminante: “La eventual confusión de roles sexuales que puede producírseles por la carencia en el hogar de un padre de sexo masculino y su remplazo por otra persona de género femenino, configura una situación de riesgo para el desarrollo integral de las menores”.

En marzo de este año, y luego de ocho años de litigio, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó a Chile por esta aberración jurídica. Los jueces concluyeron que el Estado había violado el derecho a la igualdad y no discriminación de la mujer.

El Estado fue condenado a pagar una indemnización de US$ 70 mil, a publicar la sentencia en el Diario Oficial, a realizar un acto público de reconocimiento de su responsabilidad, y a implementar cursos antidiscriminación para los jueces y funcionarios públicos.

Cursos sobre cómo vivir en sociedad. Cursos para que aprendieran a tratar bien a otros.

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Martes 9 de octubre. Cuatro guardias de seguridad vigilan la puerta de entrada al salón Manuel José Irarrázabal, en la Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Son el primer filtro antes de ingresar al seminario “No discriminación: sus alcances en la educación”. A pocos metros de la mampara, detienen a todo el que intenta entrar.

En la universidad, eventos así pocas veces cuentan con tanta vigilancia. Hoy, sin embargo, es un día especial. Uno a uno van llegando los profesores que vienen a escuchar las ponencias. En pocos minutos más, comenzará la exposición de abogados y psiquiatras que analizarán las posibles curas a la homosexualidad. 

Organizadas por la fundación Investigación, formación y estudio sobre la mujer (ISFEM), y el Centro de estudios para el derecho y la ética aplicada, dirigido por Mario Correa (una alta autoridad de la PUC), dice el programa, las ponencias servirán para que los profesores aprendan a abordar la homosexualidad en los adolescentes. 

Indignados con la Universidad por permitir el evento, activistas gay y miembros de la federación de estudiantes de la PUC protestan con pancartas. En la fachada, debajo de un Cristo con los brazos extendidos, han desplegado un lienzo que dice: “No más homofobia en la UC”. 

Es tercera vez en el año que la universidad congrega una protesta en contra de la discriminación a los homosexuales. Dos meses atrás, el rector Ignacio Sánchez se había reunido con un grupo de activistas del Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), para pedirles disculpas por los mensajes homofóbicos que un profesor de la carrera de derecho escribía en su Facebook. 

  — ¿Acaso es un crimen decir que los hijos tienen derecho a un padre y una madre, hombre y mujer? —se pregunta a gritos un estudiante de derechos de la PUC, mientras pasa por el patio—.  ¿Acaso es un crimen decir que el homosexual debe ser amado, pero a la vez curado y ayudado, como un enfermo mental?

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El 29 de agosto de 2012, Cristian llegó temprano a la Compañía de Telecomunicaciones de Combate, donde trabajaba como operador del sistema criptográfico. Terminó el papeleo pendiente y subió al despacho del coronel Enrique Bödecker de la Fuente. Cuando lo tuvo enfrente le entregó una carta notarial que decía: “Renuncio por reiterados maltratos sicológicos, verbales, acoso laboral, discriminación, por parte de algunos mandos del Ejército de Chile”. El coronel tiró la carta al suelo y le dijo, además, que si insistía lo iba a enviar a la Fiscalía Militar. Cansado por el hostigamiento que los oficiales le daban por su condición de homosexual, Cristian había decidido renunciar. Nada lo iba a hacer cambiar de opinión. Antes de irse, escribió una nota en el libro de novedades:

“No dejaré pisotearme por personas que no saben valorar el trabajo abnegado. Siempre he escuchado, desde que ingresé al ejército, que la institución es excelente, el problema está en las personas que lo administran. Creo que eso debe cambiar, tienen una gran tarea por delante, deben cambiar su mentalidad hacia el personal, deben respetarlos, ser cordiales con cada uno de ellos, tener un buen trato con su gente y no tratarlos como si fueran la peor escoria que existe”.

Así puso fin a 13 años de milicia.

De cuando entró al Ejército en 1999, Cristián recuerda a sus compañeros fanfarroneando historias de militares que humillaban a los homosexuales, inventando refranes: “soltero, hueco seguro”. Incómodo, lo asustaba que sus compañeros pudiesen dudar de su sexualidad. Recuerda que en 2005 un comandante expuso la homosexualidad de un compañero frente a toda la tropa y después lo echó. A Cristián le quedó claro el mensaje.

Al año siguiente lo ascendieron. Destinado al área de relaciones públicas, en el Cuartel General de la Primera División del Ejército, siguió reprimiendo su sexualidad. Se emparejó con una mujer y tuvo una hija. La relación fracasó.

    En 2008, a tres meses de la separación, fue a una disco gay por primera vez.

    — Adentro del Ejército el hombre se saluda de mano y cuando fui a la disco lo único que quería era salir de allí. Pero a la semana volví y ya no me impactaba nada. Incluso bailé y conversé con otros hombres… me sentí más contento, más alegre, como si me hubiese sacado un peso de encima.

    El 7 de septiembre de 2010, el Jefe del Estado Mayor, coronel Mauricio Palominos, le dijo que hacía mal su trabajo y lo mandó del cuartel general al Regimiento Logístico N°1 de Tocopilla, a una oficina con escritorios viejos y sin computadores. Cristián intuía que el castigo tenía que ver con su homosexualidad: no volvió a las discos ni a tener parejas.

    En el Regimiento Logístico estuvo hasta marzo de 2011, cuando lo mandaron a la Compañía de Telecomunicaciones de Combate. La nueva oficina era peor que la anterior: había goteras y el baño más cercano estaba a casi un kilómetro de distancia. Un año más tarde,  una autoridad que no lo conocía le ofreció su antiguo puesto, pero un capitán, Pedro Pizarro, se interpuso. Cristian lo escuchó argumentando: lo tildó de homosexual y dijo que en 2010 lo habían descubierto tras investigarlo.

    En marzo, días antes de renunciar, leyó un comunicado con el que el alto mando amparaba la homofobia, y renunció. El 7 de septiembre interpuso un recurso de protección en la Corte de Apelaciones de Santiago en contra del general José Miguel Fuente-Alba, la máxima autoridad del Ejército. Lo acusó de dirigir una institución homofóbica y discriminadora, y no hacer nada al respecto. Los jueces aún no fallan, pero el Ejército dio marcha atrás con el instructivo e inició una investigación sumaria para determinar la verosimilitud de los hechos.

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    Un día después de que los Comandantes de las Fuerzas Armadas trataran de explicar por qué el Ejército discriminaba a personas con “problemas de salud física, mental, socioeconómica, delictual, consumidores de drogas, homosexuales, objetores de conciencia y Testigos de Jehová", el diputado Ignacio Urrutia, miembro de uno de los dos partidos de gobierno (Unión demócrata Independiente), habló por Radio Cooperativa.

    —Las Fuerzas Armadas tienen que velar por la soberanía de nuestro país, y el día en que nos llenemos de homosexuales allí, lo que va a ocurrir es que nos va a invadir cualquier país con una facilidad gigantesca —dice con la naturalidad de quien relata una obviedad.

    A Urrutia le enfurece que las máximas autoridades militares sean interpeladas de esta forma, por algo que él cree que es justo. Si bien votó a favor de la Ley Antidiscriminación, el debate sobre el rol de los homosexuales en el Ejército, lo tiene hasta más arriba de la coronilla.

    — Estamos hablando de quienes cautelan la soberanía de nuestro país y no de cualquiera. Yo no tengo nada en contra de los homosexuales, que participen de la vida ciudadana, todo lo que quieran, pero no dentro de las Fuerzas Armadas. Si el día de mañana nos llenamos de homosexuales ¿Quién nos va a defender?

    ***

    El pasillo del edificio donde funciona el centro de estética masculina Estivalia en el centro de Santiago aún conserva las grietas del último terremoto. Son cicatrices que van del techo al piso.

    Irene Rojas, una maquilladora de 48 años, abre la puerta. El pequeño departamento huele a Nag champa, un incienso elaborado con la esencia de las flores de un árbol asiático, suena Regina Spektor. Hay una cortina azul que divide los ambientes. Detrás de ella está Juan, un alto ejecutivo de una consultora de finanzas, de 45 años: lleva puesto un vestido negro atado en su espalda como un corset, chalas de cuero de 10 centímetros de taco, y las uñas de manos y pies pintadas de fucsia. Tiene la cara blanca, tapada en base, cruza sus blancas piernas peludas y se deja maquillar.

    Estivalia es algo así como un paso intermedio, entre el clóset y la calle, antes de asumirte como travesti o transexual. Una especie de armario más grande o un mini gueto. Comparte el edificio con oficinas de contadores, consultoras y muchas ópticas, pero la gran mayoría ignora lo que sucede detrás de la puerta. En este lugar, Irene no sólo feminiza rostros masculinos con sus pinceles y labiales, también aconseja a sus clientes a caminar como mujeres, a lavar la loza, a limpiar, a resaltar el busto, a verse menos gordas y a agudizar la voz.

    Juan, que está allí a medio transformarse, se pone la peluca negra.

    — Así, soy Paty.

    La primera vez que Paty fue a Estivalia también fue hace cinco años. Empezó en esto de vestirse de mujer desde chico. Primero con la ropa de su mamá, luego con la de su hermana y al último con la de su esposa. Siempre en secreto, cuando nadie lo veía. Estuvo así hasta que conoció el negocio de Irene y decidió separarse e irse a vivir con su mamá. Eso, dice, le ha dado un poco más de libertad. Pero sólo un poco. Su condición sigue siendo un tabú para todos sus cercanos.

    Hoy, va religiosamente una vez a la semana a transformarse. Mientras todos sus compañeros de oficina se van al happy hours, él se saca el traje y se encierra a probarse vestidos. El tiempo le ha dado espacio para reconocerse como una persona que lleva una doble vida y anhelar como mayor deseo ser una mujer todos los días de la semana. Sin embargo, no se atreve a cruzar el umbral de Estivalia.

    — Chile es un país muy conservador. Mira lo que le pasó a Daniel Zamudio. Eso me da pena y rabia. Por eso no me asumo.

    Dice que ésta es su forma de escape. Que lo hace feliz, aunque a veces piensa que le hubiese gustado ser una mujer.

    — Y sin embargo, tengo miedo de que me reconozcan. O de que alguien me pegue.

    Fuente: http://www.revistaanfibia.com
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