El descenso siempre fue mala palabra.

Por Alejandro Fabbri.

La convivencia del fútbol argentino con las definiciones para no bajar de categoría, siempre fue traumática. Si bien su carga de drama deportivo fue creciendo con el correr del tiempo, está muy claro que en un país donde la “ventajita”, el “acomodo”, las “influencias” y los “amigos del juez” estuvieron siempre a la orden del día, nada nos debería sorprender.

En los primeros años del amateurismo, los equipos bajaban o eran desafiliados por generar incidentes o negarse a aceptar fallos de las primeras organizaciones, embriones de la futura AFA. En 1926, por ejemplo, el Presidente de la Nación intervino para solicitar amistosamente la anulación de los descensos. Don Marcelo Torcuato de Alvear tenía algunos conocidos muy influyentes que simpatizaban con Atlanta, último en el torneo de 26 equipos. El descenso quedó en la nada, pero no por la incidencia presidencial sino porque la Asociación Amateurs y la Asociación Argentina resolvieron fusionarse. Del nuevo campeonato de 1927 participaron 34 equipos y se estipularon cuatro descensos, pero fueron salvados por un reglamento permisivo al final. Eran Tigre, Estudiantes de Buenos Aires, Porteño y el ahora Club Atlético San Isidro (el CASI del rugby), dedicado también al fútbol en aquella época.  Tampoco hubo descensos en 1929 y en 1930.

Al iniciarse el profesionalismo, los dos primeros equipos que bajaron fueron Argentinos Juniors y Quilmes, en 1937. Desde allí en adelante, siempre se mantuvieron oscilando entre uno y  dos equipos por temporada: en 1949 debieron desempatar Huracán y Lanús, en cuatro partidos para el infarto que dejaron un final demasiado injusto. Habían ganado un encuentro cada uno, en el tercero Huracán se retiró de la cancha disconforme con un fallo del juez británico y su poderío político –lo dirigía Tomás Ducó, amigo personal del Presidente Perón- obligó al Tribunal de Penas a hacer jugar un cuarto encuentro. En ese partido se invirtieron los papeles: Lanús abandonó el campo de juego y a Huracán se le dio por ganado el partido.

Entre 1956 y 1962 se implantó el descenso por “gol average”, un antecesor del promedio. Para 1963 y con la llegada del gobierno radical de Arturo Illia, se anularon los descensos con el argumento de aumentar la cantidad de equipos que militaban en Primera A. En ese momento eran apenas catorce. Durante cuatro años no hubo retrocesos, aunque en 1964, 1965 y 1966 fueron resoluciones de último momento.

Tras la reestructuración que originó Valentín Suárez y la división en campeonatos Metropolitano y Nacional con su Reclasificación donde se luchaba por mantener la categoría y ascender, volvieron los dirigentes a anular los descensos por decreto. Ocurrió entre 1973 y 1975, curiosamente cuando arribó otro gobierno constitucional, el peronista que fue derrocado en 1976 por los militares. Tras el descenso único de San Telmo en su única participación en Primera División, los descensos llegaron para quedarse. Tres en 1977 (con la infartante definición de 22 penales entre Lanús y Platense), dos en 1978 y tres nuevamente en 1979 y 1980.

Con el impactante descenso de San Lorenzo en el torneo Metropolitano de 1981, comenzaron a aparecer los defensores de los promedios. Para el campeonato de 1983 se habían estipulado dos temporadas y allí bajaron Racing Club y Nueva Chicago. Fue el último grande en bajar hasta 2011. Desde allí, se inició el ciclo de los tres años de promedio para acreditar los peores lugares de una tabla adicional a la común, la de posiciones. Les tocó bajar con estos argumentos a clubes con gran historia como Estudiantes, Gimnasia, Rosario Central, Huracán, Talleres de Córdoba, Colón y todos los equipos chicos, con dos excepciones, más allá de los cinco grandes: Vélez, que se mantiene en Primera A desde 1944 y Newell’s, que tras jugar tres temporadas en Primera B, regresó en 1964 y no se fue más.

En 1983 fue el último intento por anular los descensos: un proyecto que presentó el caudillo radical de Mataderos, Liborio Pupillo, quien ni bien asumió Alfonsín pidió sacarlos. Por suerte, la Cámara de Diputados no le dio lugar a un pedido tan extemporáneo, realizado cuando su amado Nueva Chicago ya había bajado a Primera B, acompañando a la Academia. Después llegaron las Promociones con su ventaja deportiva para los cuadros de la A, otro obstáculo que tenían los equipos que llegaban del extenuante torneo de ascenso.

Hasta hoy: River en el Nacional B no entraba en los cálculos de nadie que haya conocido la riquísima historia de los millonarios y su poderío de todo tipo. Finalmente, la tragedia ocurrió y se ha producido un avance. Ese crecimiento en seriedad se ha producido en la ausencia de voces que pidiesen la anulación de los descensos. Bah, del descenso de River. Es cierto que es muy discutible la decisión de AFA acerca de no quitarle puntos ni clausurarle la cancha. Es cierto que River fue perjudicado como pocas veces (quizá en algunos momentos de su ciclo sin ganar campeonatos entre 1957 y 1975) y el equipo no ayudó con su juego y su alarmante falta de gol. Y que el juez Pezzotta ignoró un penal de esos que quedarán en el recuerdo de todos los que lo vieron por su enorme falla. Pero de anular los descensos no se habló. Con horrores, errores, presiones, muñequeo político y deportivo, la AFA absorbió el descenso de River y la enorme entidad de Núñez lo ha aceptado, confundido, aturdido, pero pensando en volver tan rápido que quizá muy pronto haya sido la peor pesadilla de su historia.

Mientras tanto, el Nacional B está vivito y coleando. Con seis campeones de la A (Huracán, Central, Ferro, Quilmes y Chacarita más River), otro grosso como Gimnasia y el retorno del viejo Atlanta. Combatirán contra los grandes del interior (Instituto, Atlético Tucumán, Gimnasia de Jujuy, Aldosivi, correntinos, chubutenses, mendocinos, sanjuaninos y bonaerenses. El descenso duele, pero no es una mala palabra. Llegó para quedarse. Es una realidad durísima, pero simplemente un drama deportivo. Así habrá que entenderlo por siempre.

 

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