Fayt, Carlés y la edad del juicio.

Eduardo Anguita

Fayt, Carlés y la edad del juicio

La Argentina entró en los meses previos a la campaña presidencial y todo lo que sucede en el plano político suele ser leído en clave electoral. Sin embargo, no se pueden simplificar las cosas y creer que eso se reduce a las encuestas. En estos doce años, tres períodos presidenciales, las fuerzas opositoras al kirchnerismo apostaron de modo sucesivo a la implosión del gobierno antes que a construir sus propias alternativas. Esta vez, el escenario es diferente. Por un lado, la Presidenta logró campear los frentes de tormenta y tiene el margen suficiente no sólo como para bajar las expectativas de crisis económico-social, sino que también apuesta a consolidar su liderazgo más allá de la certeza de que el 10 de diciembre próximo le pondrá la banda presidencial a quien la suceda. Lo segundo es que las fuerzas adversas al kirchnerismo lograron esta vez articular acuerdos electorales que, más allá de su capacidad de gobernabilidad futura, presentan un espacio fuerte, capaz de competir con el oficialismo. Concretamente ese espacio es el que lidera Mauricio Macri. Los otros dos espacios, salvo que pase algo muy imprevisto, tienen pocas chances de competir por la presidencial. Sergio Massa perdió espacio sobre todo porque no concretó alianzas ni pudo sostenerse sólo con su supuestamente buena presencia mediática. Margarita Stolbizer ocupa el lugar que Hermes Binner dejó vacante en una alianza donde el radicalismo eligió ir detrás de la derecha liberal antes que intentar consolidar un espacio etéreo en la Argentina como es el llamado progresismo.
Pero, volviendo al oficialismo, es todavía una incógnita cómo podrá acoplarse la buena intención de voto que cosecha Daniel Scioli –lo dobla en intención de voto a Florencio Randazzo– con el liderazgo político de la Presidenta. La tensión entre ambos es mucho más compleja que la posibilidad de que el gobernador bonaerense acepte llevar a Axel Kicillof como compañero de fórmula. Un balance desapasionado indica que Scioli descansa más sobre la ortodoxia peronista que sobre la reivindicación de la nueva camada de militantes de La Cámpora en que descansa Cristina. Pero no sólo eso, hoy están a la vista dos aspectos contradictorios entre la Presidenta y el gobernador bonaerense. Cristina es resultado de un proceso de confrontación que, además de raíces históricas, se explica por el vacío del resto de la dirigencia política a los hitos más importantes de su gobierno. Sobresalen la pelea con las patronales agropecuarias y la ley de medios. Hay que decirlo, los cuatro primeros años de Néstor fueron de mucho más diálogo porque el Frente para la Victoria necesitaba sumar masa crítica para imponer cuestiones claves de su agenda. Fue entonces Cristina la que tomó la posta y, de modo inesperado, tres años después se quedó sin Néstor, el hombre a quien muchos –con razón o sin ella– señalan como el estratega capaz de timonear y dar pasos al costado. En estos cinco años, con sus idas y vueltas, la Presidenta conserva un núcleo importante de fieles seguidores. Será un 25% o un 30%. Es algo difícil de medir porque las encuestas no pueden dar respuestas a cuestiones llenas de matices. Pero la realidad confirma que no hay otro líder político que pueda convocar a miles y miles de personas como la acompañaron el 1º de marzo en su último discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso.
Ahora bien, ¿podrá conservar esa capacidad una vez que deje el gobierno? No hubo en estos 32 años de elecciones consecutivas alguien que conserve la iniciativa de modo sostenido fuera de la Casa Rosada. El mismo Carlos Menem –que aun con salud precaria puede ser un candidato fuerte para gobernar La Rioja– tuvo que bajarse del ballottage en abril de 2003 porque un poco conocido Néstor Kirchner lo hubiera barrido en las urnas. Entonces, ¿hay o habrá sintonía entre Cristina y Scioli? Acá va el otro asunto: Scioli es dialoguista, pero no sólo por estilo político, sino porque no siente tantas diferencias con otros que aspiran a gobernar el país. Y bastó que su economista de referencia, Miguel Bein, relativizara la eficacia de algunas de las medidas actuales para que Axel Kicillof pegara un carpetazo al recordar que Bein había tenido alguna responsabilidad en la tablita de José Luis Machinea. La tablita fue en 1999. Más allá del estilo personal de Kicillof, este tipo de críticas sonoras son habituales en boca de la Presidenta y es algo que suelen hacer sus colaboradores jóvenes. Incluso el propio Jorge Capitanich comenzó dando cantidad de cifras todas las mañanas y terminó con declaraciones confrontativas. La llegada de Aníbal Fernández sirvió para que eso siguiera pero con el humor y la sorna del quilmeño, ahora precandidato a gobernador bonaerense.
¿Scioli puede o quiere desmarcarse? Todo indica que no le conviene. Pero es difícil augurar una conjunción fácil entre alguien que deja la Casa Rosada y otro que aspira a ocupar ese lugar. Un ejemplo antes de ir a la situación de Carlos Fayt y sus 97 años. Anabel Fernández Sagasti es una referente de La Cámpora en Mendoza. Una provincia donde Scioli contaba con los buenos oficios de Juan Carlos Mazzón, quien hizo el armado político en esa provincia para favorecerlo. De un día al otro, Mazzón fue echado de la Casa de Gobierno. La razón no es que hacía algo contra Cristina sino simplemente que tomaba una autonomía que resultaba inquietante. La Cámpora en Mendoza apostó a la precandidatura de Guillermo Carmona, un gran referente de la Corriente Nacional de la Militancia pero sin el rodaje suficiente en la compleja Mendoza como para salir primero. En las PASO ganó Adolfo Bermejo, el precandidato de Mazzón y Scioli, y Cristina instruyó a La Cámpora para que lo apoyen en la campaña a las elecciones de gobernador que tendrán lugar el próximo 21 de junio. Eso sí, premió a la joven Fernández Sagasti al proponerla para presidir la Comisión de Juicio Político de la Cámara baja que acaba de asumir. Si bien la Presidenta tiene iniciativa, es evidente que no es muy funcional para el Frente para la Victoria que los seguidores de Cristina –y ella misma– mantengan el estilo confrontativo al tiempo que Scioli y los suyos traten de mostrarse dialoguistas y componedores.

Fayt y Carlés. En la Argentina es un misterio saber cuándo habrá –si es que se logra– autoabastecimiento energético. No se sabe cuánta leche puede dar Vaca Muerta ni cuánto será la factura de déficit comercial en esta materia cuando los subsidios al consumo eléctrico se mantienen como la principal incidencia en el déficit fiscal. Sin embargo, el tema energético parece dejado solo a los expertos. Y el petróleo y gas de esquistos es sólo uno de los temas nodales. Podría mencionarse la minería, en uno de los países –junto con Chile y Bolivia– que tiene las mayores reservas de litio y que la primera concesión que dio la provincia de Jujuy –con la actuación del secretario de Minería Jorge Mayoral– fue a un consorcio australiano-japonés. En la Argentina es fácil quedarse afónico hablando de la soberanía, pero los recursos estratégicos y las industrias de más alta tecnología tienen un componente extranjero tan alto o mayor que a principios del gobierno de Néstor Kirchner. De esto, en el debate público, se habla poco. Sin embargo, ahora todos están pendientes de si Roberto Carlés es candidato a la Corte por el papa Francisco o si va a trabajar todos los días al Senado, donde tiene un contrato. Mucho más aún que criticar a Carlés por no tener más que la edad de Cristo, se habla de los 97 de Carlos Fayt y su decisión de no renunciar a la silla que tiene en la Corte Suprema desde diciembre de 1983.
Y la tozudez de Fayt tiene antecedentes. Cuando se reformó la Constitución en 1994 se estableció que los jueces federales se jubilaran a los 75 años. Sólo con un acuerdo del Senado podrían, de acuerdo al texto constitucional, continuar en la judicatura. El caso de Raúl Zaffaroni es aleccionador: no se sabe si prefirió eludir un debate de propios y ajenos en el Congreso o simplemente aceptó lo que él mismo votó siendo congresal constituyente. La realidad es que Zaffaroni cumplió un ciclo virtuoso en el más alto tribunal de la Nación y sigue siendo una referencia académica, intelectual y política de primera magnitud. Por supuesto, en un país donde los magistrados todavía responden en un alto porcentaje a ideas prediluvianas y los medios prefieren sangre y cárceles antes que derechos humanos, a Zaffaroni no le faltan enemigos. En el caso de Fayt, la historia quizá sea menos vibrante pero escribió 35 libros, dio clases toda su vida y recién aceptó integrar la Justicia cuando Raúl Alfonsín lo propuso para integrar la Corte en 1983. El asunto es que Fayt cumplió 76 años en febrero de 1994 de modo que la modificación de la Carta Magna lo dejaba fuera de carrera. Fayt inició una demanda en el fuero contencioso-administrativo y la jueza María Carrión de Lorenzo le dio un fallo favorable. Es decir, consideró que relativizar la continuidad de los jueces era atentar contra la Constitución. Podrá decirse hoy que fue un fallo corporativo, desproporcionado o lo que fuera, pero la jueza se puso del lado de Fayt. Luego, apelado el fallo, la Cámara votó contra Fayt y, finalmente, cuando terminaba el milenio, la Corte le dio el aval a ese hombre que llevaba 17 años en la Corte y que ya calzaba 82 años. Un jurista con quien habló quien escribe estas líneas había escrito en La Ley un artículo sobre doctrina relativo a este litigio. Fayt lo hizo llamar y conversó varias veces con él. Le dijo, más o menos, que dos caudillos políticos (por Menem y Alfonsín) querían pasar por encima de la independencia de la Corte y no ahorró adjetivos para definir la situación. Fayt tuvo su recompensa con la acordada del tribunal que integraba –e integra ahora–. Le dijo, también, pasada la batalla jurídica, que sus huesos sentían cansancio. Cuando dijo esto tenía 82 u 83 años. Ahora son 97. Pero si bancó cuatro años hasta aquella acordada, está claro que no le falta temple de espíritu para no renunciar. En todo caso, no tiene garantizada la vida eterna. La Corte, con tres o cuatro miembros puede funcionar, al menos están previstos los mecanismos institucionales para eso. Claro, no es lo mismo la Corte que jugó cartas en los derechos humanos y la ley de medios, entre otras tantas cosas, que un organismo sometido a peleas, vanidades, oscuridades y silencios. Nadie sabe qué cosas se juegan en este diálogo de sordos entre Cristina y Ricardo Lorenzetti.
La pregunta de un lego es simple: si la Constitución prevé mayorías especiales (dos tercios) para nombrar o remover jueces, es evidente que contempla el diálogo y el acuerdo entre fuerzas políticas distintas. ¿No sería más fácil sentarse a una mesa y hacer funcionar los mecanismos de consenso? Claro, parece una pregunta estúpida donde los vivos son los que saben quedarse en su vereda. Todo indica que el fútbol con hinchada visitante y los consensos quedarán para más adelante. Los vivos no siempre son los que defienden con más consecuencia y con más inteligencia la soberanía de la Nación y del pueblo.

Fuente: Miradasalsur
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