Estoy feliz con este cacerolazo, por Ernesto Jauretche.

 

No lo digo de chicanero ni con ironía. De verdad estoy contento. Lo miro por TV y lo disfruto.

Qué veo. Los azules, los a cuadritos, los verdes, los amarillos, con o sin sus armas, cumpliendo su deber de defender la paz, custodiando a la gente, cortando el tránsito cuando es necesario, alejando a posibles provocadores, haciendo cadenas para conducir la movilización (sólo les falta el bombo y la mística para parecerse a la JP de mis tiempos).

Qué veo. Una irrestricta libertad de manifestación que asume con alegría sus coincidencias y las manifiesta en marchas, cánticos, consignas, pancartas, carteles.

Qué veo. Todos de a pie, los que dejaron sus autos de alta gama en el garage, los que bajaron de los countries o de las torres exclusivas del barrio norte y las viejas beatas de Recoleta, aquellos que iban con martillos a pedir sus depósitos en dólares y los que hoy participan de las corridas cambiarias, los que creen que la bonaerense es buena porque tira tiros y los que están indignados porque los genocidas tienen que estar presos; que afortunadamente son pocos. Y veo a beneméritos cultivadores del medio pelo inculcado por Beatríz Sarlo y compañía, con banderitas muy mersas, que son millones, pero por suerte no vinieron todos.

Pero ojo, también se ve que vinieron muchos otros a los cacerolazos.

Qué veo. Humildes trabajadores que descansan de sus agotadoras jornadas mirando por costumbre TN; muchachada popular que se divierte con los top de canal 13; y taxistas, porteros, gremios de servicios, pequeños comerciantes, abnegadas esposas de militares, policías o gendarmes mal pagados; profesionales y académicos de universidad gratuita insatisfechos por el magro saldo de su patente de corso; chicas que no tienen dólares para ir a Miami con sus compañeras de universidad privada; varones indignados por la acumulación de basura que deben dar gracias por no vivir en Nueva York; y , sobre todo, a víctimas pudientes de la violencia económica y muchas más víctimas asociadas a su dolor, incitadas por la multiplicación mediática al infinito de cada caso de delito social. No veo a las madres del dolor. Pero lo que veo me duele bastante. Y sí, también, pero me afecta poco, veo caceroleando a muchos progres y revolucionarios de pico, que esperaban
que la revolución se hiciera por decreto.

Buena gente la mayor parte de ellos. Algunos muy enojados, otros injustamente ofendidos, los más estimulados por la industria de fabricación de los consensos. Muchos tienen razones. Pero son impacientes: por más que buscan no encuentran a sus representantes en la democracia partidaria. Y para gobernar hay que ganar elecciones, sabés?

Qué más veo. Trabajadores de todas clases, blanquitos, sí, la mayoría acostumbrados al traje y corbata, contentos porque conquistaron lugares de trabajo decente que antes eran contratos esclavizantes sin reglas ni futuro y, como ahora ganan bien, quieren más: ¡lógico! Reclaman contra el impuesto a las ganancias; se quejan de Moreno. ¡Tienen razón! Antes, ni eso. Pero ya no se acuerdan. O eran muy pendejos.

Qué veo. Multitudes, cantando entusiasmados en un coro emocionado, el himno de todos los argentinos, una y otra vez, como si sentirse patriotas fuera hoy un revulsivo de tanta entrega de los recursos nacionales, de las relaciones carnales, de los ositos a Las Malvinas, de la Ley Banelco, del default, de tantos años de dirigentes que borraron con el codo lo que escribieron con la mano. Y así es: ¡tenemos una Patria! ¡Celebrémosla! ¡Es de todos! Naturalmente, queremos que sea mejor. Apruebo a estos pibes que cantan el himno en la 9 de julio, que demandan tener más y ser mejores. Me dan gusto. Nunca nos conformamos: ¡nunca menos! ¡siempre más!

El signo de la cacearoleada es: no miremos atrás porque nos aterra aquel abismo; al presente llegamos por la gracia de Dios; no hubo sacrificio social ni políticas de Estado. El país es así: rico por naturaleza, como dice Biolcati. Entonces, si somos tan ricos, queremos nuestra parte. Una mezquina parte. “Ningún ciudadano se realiza en una comunidad que no se realiza”, muchachos. Es palabra de Dios.

Qué veo: que no la quieren a Cristina por yegua; por advenediza; porque es del interior; porque tiene una abultada caja de ahorro y usa el Tango para trasladar a su hijo enfermo; porque es morocha; porque siente orgullo de que su papá fuera colectivero; porque ocupa el lugar de un macho; porque viste muy elegante; porque sabe mandar sin dejar de ser femenina; porque improvisa discursos con los que nadie puede, ni de cerca, competir; porque dice lo que piensa y hace lo que dice; porque (un poco, admitámoslo) se parece a Evita (al menos en que concentra un odio de clase irracional).

¿Eso es todo el descontento?

¿Cómo no voy a estar feliz?

Que veo. Nadie agita contra el matrimonio igualitario, ni contra la asignación universal por hijo, ni contra la entrega de computadoras a los estudiantes, ni contra los planes de financiación de la vivienda popular, ni contra la soberanía financiera a través del Banco Central, ni contra la Ley de Medios, ni contra el 6.4% del PIB para Educación, ni contra el desendeudamiento y la cancelación de la dependencia del FMI, ni contra la UNASUR, ni contra la alianza estratégica con el Brasil, ni contra la anulación de las leyes de impunidad, ni contra la nueva Corte Suprema de Justicia, ni contra la derogación de la Ley de Flexibilidad Laboral, ni contra los beneficios a los jubilados, ni contra las Paritarias, ni contra el Plan Estratégico de Ciencia y Tecnología, ni contra Atucha II…, ¡qué se yo! Ha hecho tantas cosas este gobierno…

Y parece que tenemos un país… que es de todos… y que los acuerdos son muchos más, y de mayor importancia que los desacuerdos.

¿Cómo no voy a estar contento con este Cacerolazo?

Claro: NADIE ESCUPE PARA ARRIBA.

Creo que esta vez no nos volveremos a equivocar: lo conseguido es irreversible.

Eso sí, debemos mejorarlo.

Fuente: http://www.agenciapacourondo.com.ar
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