Hambre, el precio de la silueta argentina, por Josefina Licitra.

Él no está aquí. Son las nueve y media de la mañana y el primer piso de la clínica de Máximo Ravenna –ubicada en el barrio de Belgrano, zona norte de la ciudad de Buenos Aires- transcurre en un estado de ligereza y bullicio. Las empleadas hablan en voz alta y hacen chistes. Las pacientes pasan páginas de revistas de moda. El noticiero se pone optimista: hoy, dice la pantalla, será un lindo sábado de sol.

—¡Valentina!

En un rincón de la sala de espera una criatura llamada Valentina se dedica a sacar todos los vasos descartables de un expendedor de agua y luego, con aullidos eufóricos, los va llenando y depositando en distintos rincones del salón.

—¡Valentina, basta!

Alguien grita, pero nadie la detiene. Las pacientes le sonríen con prudencia; las empleadas ya han dejado de mirarla. La sala tiene, además de muchos vasos desbordantes de agua, además de empleadas y pacientes y televisores encendidos, cuadros. El más grande de todos consiste en la inmensa reproducción de un hipotálamo. Se trata de una glándula endocrina -ubicada en el cerebro- sobre la que deben haberse escrito varios tomos de varios libros en varios idiomas, y sobre la que Ravenna dice lo siguiente: cuando una persona gorda deja de comer, empieza a consumir su propia grasa y esa grasa bloquea el centro del hambre situado en el hipotálamo, lo que provoca una saciedad más o menos inmediata. Gracias a las dietas extremadamente bajas, sumadas al trabajo del hipotálamo, un individuo con problemas de peso podría –según Ravenna- cerrar la boca y encima pasarla bien.

De ser cierto, el hipotálamo merecería no sólo un cuadro: merecería tener su propia iglesia. Ravenna, de hecho, ya va en esa dirección: su forma de concebir la gordura y el adelgazamiento lo ha transformado en el gurú de las dietas rápidas. Hasta el momento, 50 mil personas han seguido su método para bajar de peso –entre ellas Susana Giménez y Diego Maradona- y eso significa que cada una de ellas se ha sometido a planes alimentarios de 600 calorías diarias, cuando las dietas estrictas pero normales no bajan de las 1200. En la clínica de Ravenna, en síntesis, el único consumo libre es el agua. Y Valentina se la está acabando.

—Valentina….

Entonces algo sucede.

—Valentina… Vení que te llevo con mamita…

Una mujer con delantal se acerca apurada e intenta tomarla de la mano. Detrás de un escritorio, otra empleada guarda un termo y un mate y enciende el aire acondicionado. Las pacientes se acomodan el cabello. El resto de las mujeres se va. Todo, súbitamente, sucede en murmullos. Hasta que Valentina se zafa de la mano, corre hasta la escalera, respira hondo y al borde mismo de la reverencia exhala:

—¡Doctod!

El hombre se reclina, la saluda, se encierra en su despacho.

Máximo Ravenna llegó al trabajo.

***

Hipotálamo

—Una cosa es el placer y otra es el desenfreno. Si de repente me atrae mi hermana y no quiero parar hasta conseguirla, eso es señal de que algo se fue de cauce. Con la comida es igual: a veces todo se pervierte. Llega un momento en el que todo lo que comés te sobra. La fantasía de los pacientes es que comen porque están vacíos, y no: ya están llenos, lo demás es exceso. Eso que queda cuando sacás la grasa, eso sos vos.

En el despacho de Máximo Ravenna hay una pared repleta de diplomas enmarcados; una biblioteca blanca con libros sobre temas médicos (entre ellos, los cinco que escribió Ravenna en estos últimos cinco años); una balanza roja que dice, en letras mayúsculas, STOP; fotos familiares, y un mapa con las franquicias de su clínica en el interior de la Argentina y en Hispanoamérica. El “método Ravenna” –así se lo llama- ya tiene filiales en Uruguay, Brasil y España, y consiste en un tratamiento que intenta conducir a la gente hacia aquello que sería su delgadez primigenia: sólo el 15 por ciento de los gordos nace gordo, dice Ravenna. El resto, en cambio, se hace gordo: se llena de grasas como el pasto inglés, con el paso de los años, se llena de yuyos.

—El mundo está lleno de hombres débiles sometidos a una presión de consumo de todo tipo, donde cada vez hay más comidas químicamente atrapantes que producen una mayor dependencia y necesidad de repetir el placer. Entonces frente a todo esto hay que mantener la conducta y en la conducta está implicada una elección. Yo ELIJO moverme, por lo tanto no elijo pan con manteca. Y cuando elijo, ya no estoy controlando el pan con manteca: estoy controlando mi vida.

Sonríe con satisfacción. Sus dientes en línea, su cabello en línea: la perfecta geometría de sus cuadros y diplomas se replica en su rostro. Ravenna –piel bronceada, chándal deportivo- ha hecho de su imagen una herramienta marcial. Se ejercita dos horas diarias; no come pizzas, medialunas ni sándwiches; y mantiene con la báscula una esgrima feroz. Si un día llega a los 75 kilos –su peso normal es 72,500- declara la alerta roja y se somete a su propia dieta, que puede consistir en –por ejemplo- cenar un té con una feta de fiambre. Gracias a esto que Ravenna llama “control”, mantiene el mismo peso que a los treinta años. ¿Cuál es la clave? En el mundo de Ravenna se come cada seis horas –mientras que en otras dietas se hace cada cuatro-, se come en cantidades mínimas, y no hay días libres de restricciones: todos los días son el mismo calvario, de ahí que sea fundamental asistir a las reuniones de acompañamiento psicológico.

—¿Cómo hace con los pacientes más desobedientes, como Diego Maradona?

—Él anduvo muy bien cuando estuvo acá. Es un tipo que no tendría que haberse operado y se operó el estómago. Después de operarse vino a verme porque le pasaba lo que les pasa a todos los que se operan: engordan porque no tienen conducta. Él es un tipo fantástico… Cuando vino me regaló una raqueta firmada que, para mí, es como la espada de He Man: le pegaría veinte raquetazos en el culo para que no haga tantas pavadas.

—¿Y Susana Giménez?

—Bueno, siempre hay personas menos o más caprichosas. Ella es caprichosa, una mimada muy seductora, se autoseduce con lo que come: un chocolate, una copita de vino… Dentro de todo, uno se pone a pensar que es una mujer con unos cuantos años de fogueo, de trabajo, y comparada con cualquier persona de su generación está espléndida. Igual no es una paciente de la que pueda decir que me enorgullezco especialmente. Me enorgullezco más de la gente que ha bajado 150 kilos, o que bajó y se mantuvo en su peso.

***

La página web de Ravenna tiene un apartado con los casos de pacientes que adelgazaron mucho y se atreven a contarlo. Entre ellos está Pablo Ramírez -uno de los diseñadores más exquisitos de Argentina-, quien perdió 55 kilos. “El mayor descubrimiento fue darme cuenta de la posibilidad que tenía de ser quien soñaba ser –dijo Ramírez durante una entrevista-.  Así como construí al gordo, gracias al Método Ravenna pude desarmarlo y crear una nueva imagen”.

Para lograr cambios como éste los pacientes deben tener voluntad y dinero. El primer mes de tratamiento ronda los 500 dólares (eso incluye todas las consultas y los chequeos médicos). Y los meses subsiguientes, si se quiere hacer las cosas tal como las recomienda Ravenna hay que pagar 900 dólares cada treinta días (cuatro reuniones semanales de terapia grupal salen 450 dólares mensuales, y si se adopta el sistema de viandas que Ravenna promociona hay que agregar 460 dólares más).

— Máximo Ravenna es el empresario más importante en la industria del gordo -asegura José María Gatti, periodista, psicólogo social y ex paciente de la clínica-. Como en primera instancia bajás de peso y los conocidos te dicen “che, sos otro”, uno se cree un genio y sigue sin tener en cuenta que el método Ravenna tiene rebote: como te cagas de hambre, en algún momento te salta el gordo de adentro y ese gordo es peor que el anterior. Por eso en el “método” hay una dieta y luego un mantenimiento y luego…pues nada. A llorar a la iglesia.

María Belén Ibar, ex paciente de Ravenna, no fue a la iglesia sino a un cirujano que le achicó el estómago. Su experiencia con Ravenna tampoco fue perfecta. Mientras hacía la dieta bajó dieciséis kilos pero –aunque tomaba vitaminas recetadas- se desmayó en la escuela durante la clase de gimnasia. Cuando dejó el “método” subió cuarenta kilos y terminó en el quirófano.

—El método no falla, lo que falla es la gente. Somos humanos –argumenta Ravenna.

—Se dice que usted mata de hambre a sus pacientes.

—Ese comentario es de una gran ignorancia o de muy mala espina. Todo el mundo sabe que una dieta hipocalórica usa las reservas de grasa, las quema, las manda al hipotálamo, bloquea el centro del hambre en el hipotálamo, y entre la combustión de la grasa y la transformación de los ácidos grasos circulantes uno ahí tiene un efecto casi de estupor. No se siente hambre. Y con la cabeza libre de comida y el cuerpo libre de gordura todo se hace más fácil.

***

Treinta años atrás Ravenna pesaba lo mismo pero pensaba distinto. Ravenna primero estudió Ingeniería, después Psicología y finalmente terminó en Medicina. Allí se recibió. Luego cursó en la Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados y eso lo habilitó a trabajar en su consultorio como psicoterapeuta. En 1981, entró como Jefe de Internación en la clínica del respetado nutricionista Alberto Cormillot, donde trabajó en sistemas de adelgazamiento convencionales. Hasta que cinco años después armó el  primer grupo que dio lugar al “método Ravenna”. ¿En qué se diferenciaba el “método” de lo anterior? Entre otras cosas, en que Ravenna tenía –y tiene- una idea distinta sobre la obesidad: él dice que no es un desorden neurótico, sino principalmente un problema químico.

En cualquier caso, Ravenna reescribe todo lo anterior de esta manera:

—Antes de estudiar Medicina estudié Ingeniería hasta que me di cuenta de que no me gustaban los ingenieros. Me siento más cerca de un arquitecto porque soy creativo, volador, poco estructurado, poco rígido, tengo muy buen humor, soy divertido, chistoso y mi trabajo es motivador, estimulante y carismático. A partir de ahí, todo lo demás es lo que uno conoce.

Luego de decir esto Ravenna mete un agua mineral en su mochila, baja la escalera, cruza la calle Zapata y se mete en el edificio de enfrente. Ahí adentro lo esperan doscientas cincuenta personas que asisten a las charlas semanales como se asiste a una misa.

Son las once de la mañana y Ravenna llega tarde. Siempre, dicen, Ravenna llega tarde y provoca escenas como ésta: apenas ingresa al salón, casi todos lo miran con ojos pasmados y balbucean “doctor”. A la izquierda de Ravenna, una mujer con Síndrome de Down y remera de la institución saca una agenda y le susurra:

—Hay que festejar el cumpleaños de Tito.

A la derecha de Ravenna una mujer rubia y de cabello corto coordina la reunión y dice lo siguiente:

—Por lo que veníamos hablando, todos describen la acidosis como si fuera un orgasmo. Pero es sólo un estado de bienestar general al que hay que llegar, ¿se entiende?

Todos ríen. A lo largo de la próxima hora todos festejarán todos los chistes con estruendos de risa. En este caso la gracia se vincula con el concepto de acidosis, un proceso químico que sucede cuando la grasa que está en el cuerpo empieza a funcionar como combustible interno. Según Ravenna, al quemarse la grasa se degrada en un ácido que circula por el organismo generando un estado de acidosis metabólica que, a su vez, al pasar por el hipotálamo produce una suerte de anestesia que lleva a la ausencia del hambre entre las 24 y las 48 horas.

En resumen: todos los pacientes de Ravenna esperan la acidosis como otra gente espera al amor de su vida. Y en algunos casos llega. A María del Carmen, por ejemplo, se le dio: pasó de pesar 108,600 apesar 69,400.

—Yo me voy a parar para pedir un aplauso para usted porque yo cumplí la promesa. ¡Llegué! –grita María del Carmen mientras se pone de pie y el salón estalla en aplausos. María del Carmen ahora va por más: avanza entre la gente, pisa algún dedo, aplasta alguna cartera, llega hasta el doctor Ravenna y lo abraza. En la sala hay una, dos, tres, cinco mujeres llorando de emoción. Una de ellas seguirá llorando el resto del encuentro.

—Cuando voy al teatro y me gusta una obra yo aplaudo –insiste María del Carmen y todos vuelven a aplaudir.

—Se propuso y lo hizo –dice la coordinadora rubia.

—Se sintió plena y no llena –dice Ravenna.

—Esto de ir a buscar el yogur en vez de la feta de salame fue… el comienzo –concluye María del Carmen-. Yo había probado todo tipo de dietas, pero acá sentí como un embrujo que me provocó el doctor.

Gracias a este embrujo Ravenna viene creciendo a pasos gigantes. En 1993 tenía un consultorio de cien metros cuadrados donde atendía a mil pacientes. En 1998 compró su primer edificio. Y en 2005 –doce años después- se catapultó en los medios cuando la revista Noticias lo presentó como el gurú de las dietas rápidas que había hecho adelgazar a Susana Giménez. Ahí la clínica desbordó de llamados, amplió sus instalaciones y se transformó en esto: 1200 metros cuadrados repartidos en cuatro pisos y en dos edificios separados por una calle.

A media hora de empezada la charla la audiencia de Ravenna ya desborda los pasillos. A la izquierda de Ravenna la mujer con síndrome de down acaba de quedarse dormida. A la derecha de Ravenna la mujer rubia habilita a una nueva paciente: se llama Alicia, es su primera reunión grupal y dice que siempre tuvo algún sobrepeso, pero desde hace unos años el problema empezó a hacerse más grave. Ravenna la mira:

—Ajá –dice.

Vuelve a mirarla en silencio.

—O sea que antes eras la gordita que zafaba y ahora sos una gorda que no se banca –concluye.

Más risas. Doscientas cuarenta y ocho personas ríen hasta sofocarse. Las únicas que no ríen son Alicia y otra mujer que todavía llora por el caso de María del Carmen. Ravenna levanta la mano y señala a una mujer joven, rubia, gorda.

—Vos –le dice.

—Yo –dice la mujer-, yo quería decir que hace años fui al médico porque tenía un dolor en la espalda, necesitaba una orden para traumatología y el médico me dijo: “Usted va a explotar, yo le puedo dar la orden para un nutricionista” –risas-. Tiempo después, yo quería quedar embarazada y le pedí a otro médico la receta para el ácido fólico y me dijo: “Estás muy gorda, yo a vos sólo te puedo firmar la orden para un nutricionista” –más risas-. Y yo… Yo al final hice caso y vine acá. Y quería decirles que mis papás me dieron la vida, pero ustedes me dieron la vida que yo quería vivir. Y además quería decirles que ahora… estoy embarazada.

Llantos, llantos, llantos, llantos. Muchos lloran. Todos aplauden. La mujer que lloraba desde los tiempos de María del Carmen simplemente sigue llorando.

—¿Y te viste la panza ya? –pregunta Ravenna.

—Sí, pero no sé si son ravioles o es el bebé.

Otra vez risas. Las lágrimas ya están viejas en los rostros de todos.

—Quedate tranquila que vamos a hacerte una dieta para que aumentes sólo cuatro kilos durante el embarazo. Porque sabelo: se puede vivir de tu grasa –concluye Ravenna.

Se refiere al bebé.

Fuente:elpuercoespín

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