República y Democracia, apogéo y ocaso de Don Hipólito Yrigoyen

 

Cómo si hubiera sido ayer


por Teodoro Boot
Hace un siglo, un personaje misterioso, al que pocos conocían, que jamás había pronunciado un discurso, del que existían muy pocas fotografías, pero cuyo nombre se susurraba de boca en boca, vencía al “Régimen falaz y descreído” en las primeras elecciones libres de nuestra vida institucional. Desde entonces, una de las más formidables tergiversaciones de ese Régimen quedó consagrada como verdad incuestionable en la propia imaginación popular: la confusión entre república y democracia, equívoco que en los últimos cien años ha servido para desprestigiar a los gobiernos populares y legitimar a los oligárquicos.
República y democracia
Como su nombre lo indica, la democracia es el gobierno del pueblo, mientras que la república es un sistema político que tanto puede ser democrático como su contrario. Y, aunque a veces cueste recordarlo, lo contrario a la democracia no son necesariamente la dictadura, la tiranía o la monarquía: en tanto la democracia es el gobierno del pueblo, en cualquiera de los sistemas políticos posibles, su contrario es el gobierno de unos pocos, de una elite conformada según sus méritos sociales o intelectuales llamada aristocracia, o de acuerdo a su nivel de riqueza, y en tal caso conocida como oligarquía. En tanto la primera suele derivar en la segunda, por uso y costumbre cuando se habla de aristocracia se termina aludiendo a una oligarquía.
A lo largo de la historia occidental ha habido repúblicas, monarquías y dictaduras aristocráticas así como ha habido repúblicas, monarquías y dictaduras democráticas, aunque conviene recordar que, al menos en nuestra historia particular de argentinos y sudamericanos, fueron más frecuentes las repúblicas oligárquicas que las repúblicas democráticas.
El Régimen
El sistema republicano argentino sancionado luego de Caseros e instaurado con posterioridad a la batalla de Pavón, no tuvo, precisamente, un carácter democrático sino que fue, casi desde sus inicios, francamente oligárquico. Era el Régimen del que hablaba Yrigoyen, ese hombre misterioso que durante 40 años ensayó todos los caminos para que el pueblo recuperara su soberanía, su derecho a decidir y a gobernarse a sí mismo.
Yrigoyen fincó esa posibilidad en el estricto cumplimiento de la Constitución y en la posibilidad de que los ciudadanos pudieran expresarse libremente en las urnas, sin interferencias, manipulaciones ni impedimentos de ninguna clase.
Generalmente se entiende que el líder radical arrancó a la oligarquía la Ley Sáenz Peña de sufragio universal, secreto y obligatorio, tres condiciones que adquieren sentido sólo si van indisolublemente unidas (en lo que conviene insistir ya que a menudo se olvida que es precisamente su carácter obligatorio el que otorga verdadera libertad al voto). Sin embargo, reputados radicales estuvieron muy lejos de compartir la zoncera de que la Ley Sáenz Peña había mágicamente transformado en democrática a una república nacida como instrumento de la oligarquía y espacio en el que dirimir más o menos pacíficamente sus propias disputas internas.
Para Luis Dellepiane, primer presidente de Forja (de la que se apartó cuando esta agrupación decidió abandonar el radicalismo) y diputado nacional por la UCR entre 1946 y 1951, “La Ley Sáenz Peña fue la gran zancadilla que urdió el régimen para frustrar la capacidad revolucionaria del radicalismo embarcándolo en la trampa del electoralismo”.
Dellepiane sabía de lo que hablaba: en ocasión de la primera votación “libre” de nuestra historia institucional, la Ley Sáenz Peña sólo rigió para la elección presidencial, pero mediada por un sistema indirecto gracias al que Yrigoyen, ganador absoluto en términos de votos, estuvo al borde de la derrota en el colegio electoral. Y la mayor parte de los gobernadores, senadores, diputados nacionales y provinciales seguían siendo fruto del fraude, el voto cantado y el vuelco de padrones. El Régimen seguía vivo.
Aun en opinión de historiadores radicales, el error esencial de Yrigoyen consistió en limitarse a intervenir las provincias, pero siempre respetando la Constitución, el Congreso nacional y el Poder Judicial, lo que prácticamente lo condenó a la impotencia.
Diarios y jueces
No debe creerse que el líder radical fuera a caer ingenuamente en la trampa del Régimen, que ya había advertido cuando Luis Dellepiane era apenas un adolescente: fue contra su opinión que los radicalismos de Santa Fe y Capital Federal participaron de las elecciones de 1912, las primeras celebradas al amparo de la nueva ley. Pero Yrigoyen no era el presidente de un partido político sino el conductor de un movimiento de reparación nacional, necesariamente heterogéneo, y tuvo que avenirse al apuro de sus “correligionarios” porteños y santafesinos y finalmente, a aceptar, a disgusto, la candidatura presidencial.
De hecho, en los momentos previos a la elección de Santa Fe de 1912, Yrigoyen manifestó tanto su desconfianza en el presidente de la República que podría decirse que Sáenz Peña, con tal de probar su ecuanimidad, hasta parecía dispuesto a cometer fraude a favor del radicalismo. Lo importante era demostrar que la ley que lleva su nombre garantizaba la realización de la voluntad popular.
Durante el primer gobierno de Yrigoyen, mediante las intervenciones provinciales, tanto los ejecutivos como las legislaturas de las provincias fueron gradualmente representando el sentir de las mayorías, y la propia Cámara de Diputados fue cambiando su composición, aunque el Senado seguía sistemáticamente bloqueando las iniciativas gubernamentales.
Pero al margen del Senado, al Régimen le restaban sus dos principales cartas: el Poder Judicial y los medios de comunicación. Es la primera una camarilla vitalicia, de naturaleza curial y designada sin participación popular que no sólo tiende al autogobierno sino al insólito reemplazo de los poderes legislativo y ejecutivo. Se trata, en realidad, de una aristocracia leguleya que, por lo que cabe comprobar, como todas deviene rápidamente en oligarquía debido a su ligazón con los sectores económicamente más poderosos. También Yrigoyen hubo de soportar las intromisiones de ese Poder Judicial, conformado para garantizar las formas republicanas a expensas de la democracia.
La segunda carta de ese régimen oligárquico era, y sigue siendo, el sistema de medios de comunicación que ya en tiempos del primer gobierno yrigoyenista había comenzado a modernizarse. Esto es, a abandonar su antiguo carácter doctrinario, partidario y propagandístico, para adoptar las novedosas técnicas de manipulación popular.
Los medios de comunicación hegemónicos –por entonces los diarios La Nación, La Prensa y Crítica– se abocaron a demoler, sistemáticamente, la figura de un hombre probo como hubo pocos. Ocurría que el conjunto de la política de Yrigoyen, sus inclinaciones populares, su neutralidad en la guerra, su independencia de los grandes imperios, la aparición de los nadies en la política y la función pública, la democratización del Estado, le granjearon el odio de la oligarquía, que casi de inmediato procedió a inventarle motes denigrantes y a modelar la opinión pública mediante la mentira y la tergiversación.
La injuria como método y la mentira como sistema
Así, debido a su temperamento reservado y taciturno, Yrigoyen será “el Peludo” y su casa, ubicada en un modesto primer piso de la calle Brasil, “La cueva del peludo llorón y espiritista”. El presidente, votado en su primera elección por más del 50% de los argentinos y en la segunda por cerca del 70 %, será llamado “El terror de los zaguanes de Balvanera”, “Terror epitalámico de las normalistas”, “Dios pardo”, “César mestizo, germanófilo y bárbaro”, “Mazorquero del arrabal” y hasta “Hijo natural de Rosas”. En palabras de Jorge Abelardo Ramos, “Es la misma resaca periodística venal que injuriará treinta años después a Perón, como lo había hecho antes con todos los gobernantes populares argentinos. Se lo quiere aniquilar por el ridículo”.
Ramos habrá estado pensando en Artigas, Dorrego, Facundo o Rosas, pero bien podría haber aludido a Evita, Cámpora, Alfonsín, Kirchner o Cristina Fernández.
Yrigoyen no contestará ni se defenderá jamás, ni permitió que lo hicieran sus ministros. Domingo Salaberry, ministro de Hacienda entre 1916 y 1922, no pudo resistir. Acusado de venalidad en la distribución de cupos para la exportación de azúcar, y abrumado por la campaña en su contra, se suicidó poco después de dejar su cargo. Posteriormente se supo que todo no había sido más que una manipulación de la prensa, usada por la oposición y hasta por los sectores radicales opuestos a Yrigoyen.
“La prensa oligárquica –dice también Ramos–, junto a los diputados y senadores que Yrigoyen no se había atrevido a remover de sus malhabidos cargos, desarrollaron una campaña que agigantó los errores de su gobierno, inventó otros y trabó la acción de sus más significativos proyectos”.
Para 1930, la caída del gobierno del hombre que dos años antes había obtenido 838.000 mil votos de un total de 1.250.000, parecía ser un clamor universal. Se dijo que el gobierno había saqueado el Banco Nación y que le debía más de 150 millones de pesos.
Después se sabrá que se trataba de una afirmación falsa y que el Banco nunca había tenido mejor época. Se afirma que el crédito exterior está arruinado, y una semana antes de la revolución de septiembre, la casa bancaria americana Chatham Phoenix ofrece al gobierno un crédito de trescientos millones de dólares.
El ministro de Agricultura es silbado y agredido físicamente en la exposición rural. En el Teatro Colón se distribuyen insignias revolucionarias. Comienzan las manifestaciones de los estudiantes que al grito de “Democracia sí; dictadura no”, piden la renuncia “del mazorquero”.
Yrigoyen permanece gravemente enfermo en su casa de la calle Brasil. El gobierno recibe el apoyo de la Fraternidad, de la Unión Ferroviaria, de los tranviarios y de empleados y obreros de todos los ferrocarriles, que anuncian la voluntad de permanecer en sus puestos. Los diarios nada informan.
Se dice, en cambio, que el gobierno está sin dinero y que no podrá pagar los sueldos, que las entradas aduaneras son insignificantes, que la crisis exige que asuma la presidencia un hombre joven, activo y capaz. Se dicen muchas cosas que nunca se demostrarán.

El final de un ciclo
A través del Partido Socialista justista y del Parido Socialista Independiente, de los nacionalistas de La Fronda, de  los fascistas de la Liga Patriótica, de los Antipersonalistas, de los Conservadores, de diferentes líneas internas del radicalismo, del Poder Judicial y fundamentalmente de los grandes diarios, financiados ahora por las empresas petroleras, el Régimen había uniformado la opinión en contra del presidente.
El golpe de Estado de 1930 es recibido con alivio y saludado con algarabía por muchos de los que, dos años antes, habían dado al presidente un respaldo apabullante.
La turba saquea e incendia un diario afín al radicalismo y asalta la casa de Yrigoyen, quien ha salvado su vida providencialmente y, enfermo, es conducido en automóvil hacia La Plata.
“Allá va en el doloroso atardecer el pobre viejo –dice Manuel Gálvez, entonces opositor a Yrigoyen, testigo de los sucesos y a la postre su mejor biógrafo–, ignorando la magnitud de su desgracia. Cree que todo ha sido un motín militar, una sorpresa muy hábil. No sabe que el pueblo entero, aquel pueblo al que tanto ha amado, por el que tanto ha hecho, por el que ofreció su vida en varias ocasiones, se siente liberado de su poder. No sabe tampoco hasta dónde llega el abandono de su partido, de ese partido que él formó, que llevó a la victoria y al gobierno. (…) Es su amor a la Libertad lo que le ha arrancado del poder. Él permitió que los diarios formaran la conciencia revolucionaria. No hubiera habido revolución si él, menos respetuoso de la libertad, menos demócrata, hubiera clausurado los diarios adversos, enviando a Ushuaia –lo harán después los triunfadores de hoy– a los conspiradores”
“Ahí va –prosigue Gálvez– enfermo, silencioso, pensativo, el pobre viejo vencido, más grande en el dolor y en la derrota que en el gobierno. Allá va, expulsado por el pueblo, él, que dedicó a su liberación cuarenta años de su vida; expulsado por los proletarios, él, el único presidente que hizo obra para el pobre; expulsado por los patriotas, él, que defendió como nadie la independencia de la patria”.
Escenas parecidas se volverán a vivir a lo largo del siguiente siglo, cada vez que el Régimen vuelva a derrotar a la causa de los pueblos.
Yrigoyen será enviado a Martín García, donde permanece prácticamente los siguientes tres años, hasta que, gravemente enfermo se le permite trasladarse en forma definitiva a Buenos Aires, donde fallece el 3 de julio de 1933.
La despedida
“Entonces –sigue diciendo Gálvez– comienza uno de los espectáculos más extraordinarios y emocionantes que hayan acontecido en el mundo: el velatorio de Hipólito Yrigoyen.
Se prolonga dos días y medio: desde la noche del tres hasta el mediodía del seis. (…) Una multitud tumultuosa y sin cesar renovada y aumentada, brega por acercarse a la casa y entrar (…) Es un mar humano que se mueve en olas lentas y compactas, pero a cada rato llegan nuevas olas de impacientes y las masas se aplastan contra las puertas o las paredes y se precipitan hacia la calle arrastrando a los que encuentran en su camino (…) El día 5 una larga cola de gente espera su turno. La hilera es compacta y ocupa la acera desde las paredes hasta la calle. (…)
Por las tardes y las noches se realizan manifestaciones diversas, que la policía disuelve. Casi todas tienen por motivo protestar contra el gobierno que no permite velar el cadáver en la plaza pública. Una de esas multitudes fanáticas ha intentado entrar en la casa, sacar el féretro y llevarlo a la Plaza de Mayo”.
“La más extraordinaria de las manifestaciones se realiza la última noche. Una multitud acongojada, llevando antorchas, desfila frente a la casa del caudillo. Son muchos millares de hombres. Es un espectáculo impresionante, de rara belleza y de profunda emoción (…) Así recorren varias calles en la alta noche. Y frente a la casa del muerto, una multitud permanece inmóvil, rezando unos, llorando otros y cantando todos, hasta entrada la mañana”.
Finalmente, el ataúd es trasladado a pulso durante cuatro horas, hasta llegar al cementerio de la Recoleta. “La gente pronuncia palabras de agradecimiento, de dolor o de afecto al paso del féretro…. ‘Es el Padre de los Pobres’, dicen unos. ‘Él salvó a la Patria’, dicen otros. ‘Fue el creador de nuestra democracia’, gritan aquí y allí.
Trepado a una ventana un hombre humilde solloza estas palabras: ‘Y decían que te queríamos por interés, por puestos públicos…’ Otros despiden al muerto gritando ‘¡Adiós, Viejo’, o levantando en el sombrero y vitoreándolo. Y hay un dolor tan grande entre los que marchan en la columna, hay tantas lágrimas, se ven tantos rostros acongojados, que todo esto parece el arrepentimiento del Partido Radical por haberlo abandonado el 6 de septiembre, y el arrepentimiento del pueblo por haberlo expulsado del poder”.
El arrepentimiento ha llegado demasiado tarde, como siempre, como había llegado antes y llegaría después.
El Régimen, que ha inventado una república para no perder el poder, que ha diseñado la justicia para impedir el cumplimiento de las leyes sancionadas por las mayorías, que ha dado forma y perfeccionado un sistema de medios de comunicación para demoler a los líderes populares, para manipular el pensamiento y la opinión y, cada tanto, obtener mayorías circunstanciales, ese Régimen había vuelto a triunfar.
Como había ocurrido antes, ocurrió después y volverá a ocurrir siempre que se insista en confundir república con democracia y los dirigentes populares olviden que es derecho del pueblo el crear las instituciones que lo representen, en vez de permanecer fiel a las diseñadas para vulnerar su voluntad.
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Fuente: loboalphapress.blogspot.com.ar

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