MUSICA › LA HISTORICA PRESENTACION DE MARTHA ARGERICH EN EL CENTRO CULTURAL KIRCHNER

Lo mejor de la noche: Argerich interpretando a Schumann junto a un cuarteto de la Sinfónica.

Imagen: Rodrigo Ruiz Ciancia & Carlos Furman, Centro Cultural Kirchner

La dama del piano como único atractivo

La presencia y la performance de la enorme intérprete en un concierto popular y gratuito fueron suficientes para darle a la noche un carácter inolvidable. Pese a ello, algunas elecciones artísticas no estuvieron a la altura de lo esperado.

Por Diego Fischerman

Fue una fiesta. Y lo hubiera sido aun si Martha Argerich sólo se hubiera acercado a saludar. Su presencia de por sí concita una vibración particular. Y más cuando, como en el concierto gratuito que dio en La Ballena Azul del C. C. Kirchner, una multitud acudió para tenerla cerca por primera vez. Los límites de la sala resultaron estrechos y el centro dispuso pantallas donde otra muchedumbre pudo seguir el concierto, que a su vez fue transmitido por la Televisión Pública y Radio Nacional Clásica. Que la convocatoria tuviera que ver con una figura de los méritos de Argerich bastaba para que cada uno de los asistentes sintiera que estaba participando de un hecho histórico.

La Ballena Azul es una sala extraordinaria. Su acústica es notable; su diseño, de una belleza austera, está entre los más destacados del mundo. Allí se habían dispuesto los dos pianos que se usarían a lo largo de la presentación y las sillas para la Orquesta Sinfónica Nacional –que tiene allí su sede–, que participaría en la segunda parte, después de un intervalo. Argerich fue quien abrió el paso, caminando a lo ancho del escenario mientras hacía pequeñas inclinaciones agradeciendo la estruendosa ovación. Junto a ella, un cuarteto de cuerdas conformado por integrantes de la Sinfónica (Luis Roggero y Roberto Calomarde en violines, Gustavo Massun en viola y Jorge Pérez Tedesco en cello) interpretaron con intensidad el primer movimiento del Quinteto Op. 44 de Robert Schumann. Tal vez fue por subestimación del público, o del contexto de un concierto popular y gratuito, pero ése fue el único momento en que el repertorio estuvo a la altura real de la intérprete. Lo que vino a continuación fue una especie de autohomenaje pergeñado por Eduardo Hubert y Luis Bacalov, otorgándose a sí mismos, con el salvoconducto de una las intérpretes más grandes de la historia, un lugar que sus carreras han estado lejos de brindarles.

Casi como si se tratara de un concierto de Bacalov y su amigo Hubert con Argerich como invitada sorpresa, el compositor de la música de Il Postino tocó un arreglo de confitería de “El día que me quieras” y “El choclo”, y junto a Hubert interpretó su “Astoreando”, un refrito de los elementos más obvios de la música de Piazolla. Resulta curiosa la presencia repetida de Bacalov en las programaciones de la Sinfónica. El año anterior la orquesta dedicó un concierto a músicas de sus películas y al estreno de un Concerto Grosso de su autoría, y en 2015 hará su oratorio “Estaba la madre”. Acusado de plagio por la música de Il postino, de 1994, compuesta 20 años antes por Sergio Endrigo –tal como reconoció pagándole a su hija la mitad de los derechos–, su trayectoria no registra antecedentes mayores y mucho menos como compositor dentro de la tradición académica, un campo en el que, como demostró su obra “Porteña”, que ofició de cierre, dista mucho de un nivel profesional.

La primera parte continuó con una obra de Hubert, cuyos méritos como compositor son también desconocidos, llamada “Fauretango” y tocada por Hubert junto a un trío integrado por Roggero, Massun y Pérez Tedesco. Poco de Fauré, en realidad, y bastante de la famosa secuencia descendente sobre la que Piazzolla compuso piezas geniales como “Adiós, Nonino” o “Balada para un loco”. Argerich: bien, gracias. La pianista retornaría al escenario para tocar dos temas de Piazzolla: a dúo con Hubert un arreglo sumamente pobre de “Oblivion” y, con Hubert, Roggero, Calomarde, Massun, Pérez Tedesco y, en contrabajo, Oscar Carnero, una versión de “Tres minutos de la realidad”. Este tema, grabado por primera vez en 1957 –tal vez el momento en que Piazzolla más se acercó a Béla Bartók–, incluía dos maravillosas variaciones para piano, tocadas por un Jaime Gosis en estado de gracia. En el arreglo presentado por Hubert y compañía la sobreescritura y la cacofonía de las ornamentaciones sobre ornamentaciones destruyó aquella rítmica punzante y categórica.

Hasta allí una primera parte en que la situación se pareció demasiado a una invitación a Messi para que jugara al balero. La segunda, no obstante, no fue mejor. La orquesta tocó la música de Endrigo firmada por Bacalov, con la solvente participación de Ramiro Boero en bandoneón y un bello sonido grupal. Y luego, una especie de concierto fragmentado, hecho de pequeños temas sin desarrollo, incoherente en lo formal y estructurado siempre sobre un único plano –a lo sumo con un contracanto–, bautizado “Porteña” y dedicado a Argerich. Algunos pocos momentos alcanzaron a evocar trazas de Gershwin, Ravel o Pia- zzolla, y tuvieron la virtud de traer aquellas fuentes a la agradecida memoria. También aquí la pianista tocó a dos pianos, con el inefable Hubert –programador del concierto–, y lució su increíble sonido y la perfecta nitidez de sus articulaciones, que, en los pasajes imitativos, destacaba aún más en el contraste con lo que sonaba desde el otro piano. El aplauso cerrado premió lo que había sucedido esa noche, en todos los sentidos posibles. La música pero, sobre todo, su posibilidad. El hecho de que este concierto hubiera sucedido, aun con los dobleces en los que Argerich incurre cuando otorga a la amistad más valor que al mérito artístico, era algo festejable en sí mismo. Y así fue reconocido.

Fuente: Pagina12.com

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