El tamaño importa.

de Martín Caparrós

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Como cada vez que vuelvo a Nueva York, estoy shockeado. No es la envidia por la atracción extraña de esta ciudad tan desgarbada y seductora; no es el despecho por el desdén con que te mira –no te mira–; no es el cabreo por el despliegue de poder –de distintas formas del poder– que brilla en sus esquinas; no es la mufa por los precios en dólares azules; no es siquiera la amenaza de ese debate de ayer en el que dos dueños del mundo discutían cómo debían usar sus tropas para seguir siéndolo; es, como siempre, el terror por la proliferación incontenible de los descomunales.

Cada vez hay más; cada vez ocupan más espacio. Son hombres y mujeres, jóvenes, soberbios: miden dos metros como quien dice llueve, con la naturalidad de esas fieras que no saben que destruyen una vida por zarpazo. Miden dos metros sin parecer especialmente altos: no son largos, estirados, sino grandes, proporcionadamente enormes. Una cara de ellos es cara y media de nosotros, un pie dos pies de carne, un ombligo una tacita de café –y así de seguido. Se los ve en todas partes: calles, subtes, bares, teatros, grandes tiendas; hay blancos, hay negros; últimamente aparecen incluso algunos orientales, unos pocos latinos. Caminan haciendo retumbar la tierra sin siquiera notarlo, mirando por encima de las cabezas de los otros como quien nada pecho; a veces van en pares: un hombre y una mujer descomunales de la mano son como un aviso de la tempestad. Por ahora, pocos entienden la amenaza de la plaga. Pero el rumor ya empieza.

Han empezado a circular hipótesis. Hay quienes dicen que nadie los pensó, que son una mutación debida a las dietas hiperproteicas de la modernidad rapaz o, dicho de otro modo: el resultado de un siglo de comer como nunca comió la raza humana: demasiada carne, demasiada leche, demasiadas verduras y chocolates y cocacolas y marshmellows y vitaminas en pastillas de colores. Otros acuerdan en que nadie los pensó pero suponen un desarreglo genético extraño: alguno ha llegado a decir que son un cáncer inteligente, células reproduciéndose demasiado pero en orden, no tanto como para destruirse. Otros calculan que son así porque la potencia reproductora clásica de una mujer y un hombre, que debía repartirse en cinco o seis o nueve hijos, ahora se concentra toda en uno o dos. Sus detractores les dicen que entonces por qué no somos todos así de desmesurados; ellos contestan, con lógica amarreta, que las mismas causas no producen siempre el mismo efecto.

Hay, por supuesto, versiones mucho más paranoicas, marcadamente inverosímiles. Que bioingenieros convocados en plena Guerra Fría por la CIA para crear una raza un poco superior se vengaron del cierre del programa inoculando en secreto el resultado de sus investigaciones. Que fue la Unión Soviética la que se apoderó entonces de aquellos genes y trató de desparramarlos para ver si ese crecimiento desmesurado acababa con la economía de su enemigo americano. Que –más modestamente– equipos de conjurados recorren países conocidos por su altura como Sudán o Ucrania o Islandia para recoger y congelar muestras de semen que les permiten producir chicos más y más enormes; algunos dicen que son patriotas americanos, otros que terroristas musulmanes. Algún ecololó pasado sugirió incluso que quizá fuera simplemente una aberración de la Naturaleza, su forma de defenderse de nuestros ataques incesantes: su venganza. Ninguna de estas explicaciones satisface a nadie, y esto convence a los paranoicos de que deben ser más paranoicos todavía.

En síntesis: se habla mucho y nadie sabe nada. Tal es la ignorancia que casi todos reaccionan como suelen hacerlo frente a aquello que no consiguen entender: pretenden que no importa, piensan en otra cosa –o en ninguna cosa.

Entonces los que se atreven a enfrentar las cosas les explican. El mundo está hecho para personas que miden de media un metro con setenta. Esta jauría nueva tiene por lo menos dos metros. Ese veinte por ciento más de espacio que ocupan puede ser letal en un mundo ya superpoblado. Y significa también veinte por ciento más de consumo de comida en los países que ya se están quedando con toda la comida –más hambre en África o la India–; veinte por ciento más de lugar en los aviones –cambio en su configuración, aumentos en sus precios–; veinte por ciento más de tela para cubrir sus larguísimas vergüenzas –la suba consabida de los precios de la ropa– y también los colchones, las puertas, las zapatillas vueltas bote, los botes, los coches, los sillones. En síntesis: que los países más ricos, los que ya usan una porción desproporcionada de la riqueza mundial, aumentarían su parte –a mediano plazo– en un veinte por ciento. Y que, mientras, en el plano individual, muchos de nosotros sufriremos las consecuencias inmediatas sin comerla ni beberla.

Es cierto que esto recién empieza, y que se verifica más que nada en Nueva York. Tanto, que algunos se preguntan por qué la mutación se ve sobre todo aquí. Les contestan que en esa frase la expresión decisiva es “sobre todo”: que ya van surgiendo en otros lugares y que si aquí son más visibles es porque este es el teatro de las grandes mutaciones de esta época.

Que después se difunden. Y, entonces, serán tema de todas las preocupaciones. En unos años todos hablarán de esto, pero entonces ya no servirá. Alguien, supongo, debería hacer algo antes de que sea demasiado tarde. Pero reducir en un veinte por ciento a todos los demás –la respuesta de siempre– esta vez no parece buena idea.

Fuente: blogs.elpais.com/pamplinas
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