Proyecto Hambre (2).

Por: Martín Caparrós

Calcuta y su madre

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Acabo de pasar dos días por Calcuta, rumbo al estado indio de Bihar: caminos del Proyecto Hambre. Pero Calcuta ya no se llama Calcuta sino Kolkata, porque los indios decidieron independizarse de la cacofonía británica que tanto mal le ha hecho a los nombres del mundo. Sólo porque los ingleses no saben escribir la jota abundan los Khomeiny, Khartum y Khadafi que eran Jadafi, Jartum y Jomeini; porque los ingleses pronuncian la al como una casi ol y la uta como un tipo de ata, Kolkata se pasó tres siglos llamándose Calcutta. Ya no.

Paso, entonces, de paso. Tengo dos días para nada y se me ocurre ir, una mañana, a ver el viejo moritorio de la señorita Madre Teresa de Kolkata, por si acaso también cuidan moribundos desnutridos –y puedo incluirlo en mi trabajo. El moritorio estaba cerrado, abandonado; en la entrada dormían tres vagabundos.

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Me quedé un rato, recordando. Hace 18 años estuve en este lugar. Escribía un libro de viajes por la India, Dios mío, y me impresionó la consistencia de una ideología. El moritorio de la madre Teresa estaba al lado del templo de Khali y servía para morirse –un poco– más tranquilo. La madre Teresa lo había fundado en 1951, cuando un comerciante musulmán le vendió la mansión por muy poco dinero porque la admiraba y dijo que tenía que devolverle a Dios un poco de lo que Dios le había dado –o algo así.

Cuando fui, las paredes estaban pintadas de blanco y había carteles con rezos, vírgenes en estantes, crucifijos y una foto de la madre Teresa con el papa Wojtyla. “Hagamos que la iglesia esté presente en el mundo de hoy”, decía un cartel justo debajo. La sala de los hombres tenía 15 metros de largo por 10 de ancho. En la sala había dos tarimas de material con mosaicos baratos, que ocupaban los dos lados largos: sobre cada tarima, 15 catres, en el suelo, entre ambas, otros 20. Los catres tenían colchonetas celestes, de plástico celeste, y una almohada de tela azul oscuro; sábanas no. Sobre cada catre, un cuerpo flaco esperaba el momento de morirse.

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En esos días, los voluntarios del moritorio recogían en la calle moribundos y los llevaban a sus catres celestes, los limpiaban y disponían para una muerte arregladita.

–Esos de las tarimas están un poco mejor y puede que alguno se salve.

Me dijo entonces Mike, un inglés de 30 con colita, tipo bastante freakie, que se empeñaba en hablarme en mal francés.

–Los de abajo son los que no van a durar; cuanto más cerca de la puerta, peor están.

En la sala del moritorio se oían lamentos pero tampoco tantos. Un chico –quizás fuera un chico, quizás tuviera 13 o 35– casi sin carne sobre los huesos y una bruta herida en la cabeza gritaba Babu, Babu. Richard, grande como dos roperos, rubio, media americana, maneras de cura párroco en Milwaukee, comprensivo pero severo, le daba unos golpecitos en la espalda. Después le llevó un vaso de lata con agua a un viejo que está al lado de la puerta. El viejo estaba inmóvil y la cabeza le colgaba por detrás del catre. Richard se la acomodó y el viejo reptó con esfuerzo para que le colgara otra vez.

–Este está muy mal. Entró ayer y lo llevamos al hospital pero no lo aceptaron.

–¿Por qué?

–Dinero.

–¿Los hospitales no son públicos?

–En los hospitales públicos te dan cama para dentro de cuatro meses. No sirve para nada. Nosotros tenemos una cuota de camas en un hospital privado cristiano, pero ahora las tenemos todas ocupadas, así que cuando fuímos nos dijeron que no. Acá no estamos en América; acá hay gente que se muere porque no hay cómo atenderla.

Richard me contó, aquella vez, sobre uno que había entrado un mes antes con una fractura en la pierna: no lo pudieron atender y se murió de la infección. Y quería seguir con más casos: no era raro, me explicó, que alguien se muriera sin dar mucha pelea.

–No podemos curarlos. No somos médicos. Tenemos un médico que viene dos veces por semana, pero tampoco tenemos equipos ni ciertos remedios. Lo que hacemos es confortarlos, cuidarlos, darles afecto, ofrecerles que se mueran dignamente.

En esos años, la madre Teresa ya era la madre Teresa, famosa en todo el mundo, llena de donaciones y recursos -que no usaba para pagar un buen servicio médico en su sede central.

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Aquella vez terminé mi visita diciendo que “(mientras camino, pienso que) me gustaría poder describir el moritorio de la madre Teresa como el ente más noble y elevado, pero al cabo de un rato empieza a molestarme toda la cuestión: esta idea beata de recoger algunos moribundos por la calle para lograr que se mueran limpitos. Sigue la caminata, y se me agrava la molestia: al rato, me pongo más rojo que en mis tiempos más rojos, y se me ocurre como una obviedad tardía que si quieren hacer algo por esa gente me gustaría que fuera ayudarlos a vivir mejor, no a morirse mejor. Es cierto, por un lado, que para ocuparse tanto de su muerte hay que creer muy fuerte que la muerte es un camino hacia otra parte y entonces, quizás, importe cómo llega, aunque no creo que un catre más y unas costras menos hagan gran diferencia. Pero, además, sigo pensando que tanta bola a la muerte esconde algo y que el moritorio es como una exageración del modelo de la beneficencia clásica católica: esa forma de paliar los efectos más visibles de las guarangadas sociales sin atacar ni un poco las causas de esas guarangadas. De pronto, mientras una cabra y un chico desnudo se muerden las orejas con fruición de hambrientos, me parece que la madre Teresa es una señora de la parroquia del Pilar un poquitito más sufrida, y me da gran cabreo.”

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Y todavía no sabía muchas cosas. Después me enteré de que la señorita Agnes Gonxha Bojaxhiu, también llamada Madre Teresa de Calcuta, era un cuadro belicoso de su santa madre, con un par de ideas fuertes. Entre ellas, la idea de que el sufrimiento de los pobres es un don de Dios: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo–dijo la madre Teresa–. El mundo gana con su sufrimiento”.

Por eso, quizás, la religiosa les pedía a los afectados por el famoso desastre ecológico de la fábrica Union Carbide, en el Bhopal indio, que “olvidaran y perdonaran” en vez de reclamar indemnizaciones. Por eso, quizás, la religiosa fue a Haití en 1981 para recibir la Legión de Honor de manos de Jean–Claude Duvalier –que le donó bastante plata– y explicar que Baby Doc “amaba a los pobres y era adorado por ellos”. Por eso, quizás, la religiosa fue a Tirana a poner una corona de flores en el monumento de Enver Hoxha, el líder stalinista del país más represivo y pobre de Europa. Por eso, quizá, defendió a un banquero americano que le había dado mucha plata antes de ir preso por estafar a cientos de miles de pequeños. Y tantos otros logros semejantes.

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Aquella vez en Calcuta, 1994, tampoco sabía cómo la señorita Agnes usaba el halo de santidad que había sabido conseguir: los santos pueden decir lo que quieran, donde y cuando quieran. Todo está justificada por el halo. Y ella usaba esa bula para llevar adelante su campaña mayor: la lucha contra el aborto y la contracepción. Ya lo había dicho en Estocolmo, 1979, mientras recibía el premio Nobel de la Paz: “El aborto es la principal amenaza para la paz mundial” y después, para no dejar dudas: “La contracepción y el aborto son moralmente equivalentes”.

Y más tarde, ante el Congreso norteamericano que le dio el título muy extraordinario de “ciudadana honoraria”:  “Los pobres pueden no tener nada para comer, pueden no tener una casa donde vivir, pero igual pueden ser grandes personas cuando son espiritualmente ricos. Y el aborto, que sigue muchas veces a la contracepción, lleva a la gente a ser espiritualmente pobre, y esa es la peor pobreza, la más difícil de vencer”, decía la religiosa, y cientos de congresistas, muchos de los cuales no estaban en contra de la contracepción y el aborto, la aplaudían embelesados.

“Yo creo que el mayor destructor de la paz hoy en día es el aborto, porque es una guerra contra el niño, un asesinato del niño inocente. Y si aceptamos que una madre puede asesinar a su propio hijo, ¿cómo podemos decirle a otras gentes que no se maten entre ellos? Nosotros no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero no le traigamos el peor problema de todos, que es destruir el amor. Y eso es lo que pasa cuando le decimos a la gente que practique la contracepción y el aborto.”

No era nada nuevo. Las jerarquías católicas lo dicen siempre, pero dicho por ella era mucho más eficaz. Aquella tarde, en Washington, su cardenal James Hickley lo explicó clarito: “Su grito de amor y su defensa de la vida nonata no son frases vacías, porque ella sirve a los que sufren, a los hambrientos y los sedientos...”. Para eso, entre otras cosas, servía la religiosa.

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Aunque cumplía, también, otra función. Hace unos años escribí sobre ella que “todos –los países, los grupos de amigos, los equipos de vóleibol, los grupos de tareas– necesitan tener un bueno: un modelo, un ser impoluto, alguien que les muestre que no todo está perdido todavía. Hay buenos de muchas clases: puede ser un cura compasivo, un salvador de ballenas, un anciano ex-cualquier cosa, un perro, un médico abnegado: en algo hay que creer. En la Argentina, ahora, no tenemos, y por eso se inventaron a Sábato, que no es bueno pero no para de llorar por los males del universo y sus alrededores. El bueno es indispensable, una condición de la existencia. Y el mundo se las arregla para ir buscando buenos, entronizarlos, exprimirlos todo lo posible”, decía y que por eso –pero no sólo por eso– la señorita Agnes ocupaba un lugar extraordinario: la buena universal.

Y lo sigue ocupando. Pese a que algunos intentamos contar un poco de su historia de corrupciones y acomodos, nadie lo escucha: es mejor y más cómodo seguir pensando que era más buena que Lassie. Así les sirve a muchos. Sobre todo porque es útil para reafirmar un par de ideas básicas. Una, que esta vida es el camino hacia la otra, mejor, más cerca del Señor. Por eso no es muy importante lo que nos pase en ésta, sino cómo nos preparamos para la otra: siendo buenos, sumisos, resignados. Por eso el primer emprendimiento de la señorita fue un moritorio, un lugar para morirse más limpito. La señorita Agnes recibió cataratas de premios, donaciones, subvenciones para sus empresas religiosas. Y nunca hizo públicas las cuentas de su empresa pero se sabe, porque lo dijo muchas veces, que fundó unos quinientos conventos en cien países –y nunca puso una clínica en Calcuta.

Pero, decíamos: la idea central que la señorita anduvo vendiendo por el orbe es que el sufrimiento de los pobres es un don del Todopoderoso. Va de nuevo: “Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte, sufrirla como la pasión de Jesucristo –dijo–. El mundo gana con su sufrimiento”. Ahí está el centro, lo fundamental. Dos mil años de colaboracionismo sintetizados en una sola frase: no está mal: "Hay algo muy bello en ver a los pobres aceptar su suerte". Y al César lo que es suyo, y el hambre que dignifica a los hambrientos. O eso decía la señorita, tan buena como era.

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El moritorio ya no está, y la señorita Agnes ahora va para santa. Todo ha cambiado –muy poco– desde entonces. Nosotros, argentinos. O lo que sea que esto sea.

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