Luthiers sub 30.

Tienen veintipico, construyen instrumentos musicales de forma artesanal y se abren paso en un terreno donde la trayectoria suele ser el mayor capital. Gajes de un oficio solitario y poco conocido.

Por Mariana Merlo Fotos: Javier Heinzmann
"Les Luthiers" es el genial quinteto que desde los ’60 apela con éxito al humor y la música en escenarios locales e internacionales. Pero "Les Luthiers" no son los luthiers únicos y universales; aunque el desconocimiento popular asocie el oficio a la propuesta artística de Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich. Es luthier aquel que construye o repara instrumentos musicales; el que se inmiscuye en ese hueco que nadie ve de una guitarra o un violín para sentirse creador del sonido; el que escucha nacer la melodía desde el lugar más íntimo y puro.
Quizá se deba a una fantasía la idea de que un luthier sea un hombre huraño y que superó la barrera de los 50; tal vez porque le da una pizca de mística imaginarlo sentado en su taller desordenado con la espalda encorvada, los anteojos sobre una frente desde la que nace una cabellera blanca y con unos viejos zapatos de gamuza cubiertos de aserrín sobre el empeine. ¿Y si en la escena hubiera, en su lugar, un joven de 24 años? ¿Si el zapato de gamuza fuera, en cambio, una zapatilla de lona blanca y las canas, un montón de rastas?
EXPERIENCIAS. "La primera reacción cuando digo que soy luthier es preguntar acerca de qué es. La segunda es decir: ‘Ah, ¿sos un Les Luthiers?’ –cuenta entre risas Florencia Centurión, de 25 años- . Cuando yo era chica me imaginaba que un luthier era un viejo petiso con anteojos y camisa, no pensaba en otra cosa, y mucho menos me imaginaba a mujeres construyendo instrumentos".
Florencia es la única mujer del grupo de luthiers que se reunió para ponerle cara a la más joven generación de este oficio. Una real promesa de la que muchos veteranos se acuerdan al momento de contactar a este grupo sub 30. A los 19 años comenzó sus estudios en la Escuela de Luthería de Cafayate y los continuó a los 23 en la perteneciente a la Universidad Nacional de Tucumán. Sabía de artesanías y de trabajar con cueros y metales, pero la madera era una cuenta pendiente. "Era algo que me llamaba la atención, así que arranqué con la luthería y terminé dejando todo el resto de lo que hacía. El oficio me encontró", admite. A su lado, Jerónimo Mendoza Zelis (24) y Hernán Costa (25), la escuchan mientras tocan algunos acordes en sus instrumentos. A diferencia de ella que hace "un poco de ruido, pero no te toco ningún tema", ellos tienen otra cercanía con la música más allá de la construcción de la herramienta para generarla. Jerónimo es de La Plata y un poco escapándole al ruido de la ciudad y otro poco a la carrera de Sistemas de la universidad, viajó a Tucumán donde tiene una tía artesana que le había hablado de la escuela. "Yo tocaba la guitarra, pero no tenía una buena y tampoco me la podía comprar. Entonces dije: ‘de última, de esta experiencia me quedo con un buen instrumento’. Así caí. Y para cuando terminé la primera guitarra, ya estaba pensando en la segunda".
Para Hernán el camino fue más exploratorio. Empezó a estudiar música en el Conservatorio Nacional y la intriga por saber cómo funcionaban los instrumentos que aprendía a tocar, pudo más que él. Tenía 20 años cuando lo contactaron con algunos profesores y comenzó con sus estudios de luthería. "Empezó como un hobby, pero está bueno aprender con un luthier porque no sólo trabajás en lo tuyo sino que, si tomás confianza, te hace laburar en lo de él. Y ver trabajar a un profesional te enseña mucho", explica. Después del curso hizo instrumentos chicos como charangos y ukeleles hasta que el año pasado se juntó con un amigo para poder montar entre los dos un taller. "Es toda una experiencia porque este trabajo es muy solitario, y estar con otra persona hace más amena la situación. Si bien el laburo es hermoso llega un momento en el que querés ver a alguien, a veces te das cuenta de que en todo el día no pronunciaste una palabra".
Leandro Salzmann (27) y Exequiel Pinto (24) comparten sus tardes en El Virutero, una de las escuelas más importantes de Buenos Aires. El más veterano del grupo es músico –bajista- y técnico mecánico. "Me gusta desarmar cosas todo el tiempo, ensuciarme, meterme, ver cómo funciona todo, y la música. Sin saber que era un oficio, yo arreglaba mis instrumentos. Al principio, obviamente, uno busca la veta económica, pero después te das cuenta de que eso viene mucho más adelante", reconoce Leandro. Su compañero empezó a estudiar a los 17 años y desde los 20 que la luthería es su medio de vida. "Primero empecé jugando y también por necesidad porque quería tocar y no tenía con qué. Tenía un bajo destruido y empecé a arreglarlo. Quedó horrible", sentencia Exequiel riendo. Un amigo que estudiaba en El Virutero se lo recomendó y desde entonces que se convirtió casi en su segundo hogar. Aunque su educación estuvo enfocada en las guitarras clásicas, su pasión por el bajo pudo más y actualmente construye bajos eléctricos por encargo. "Se dio todo al revés, pero eso lo hizo más interesante –dice-. Primero porque es el instrumento que toco y lo comprendo más que a una guitarra. Segundo, al ser un instrumento ‘joven’, te da la posibilidad de jugar con el diseño; aunque haya cosas ya marcadas, en general el bajista no busca eso. Con la guitarra clásica es mucho más difícil porque tiene parámetros a respetar que si los cambiás el guitarrista te va a mirar raro, no le va a gustar. Al bajo le podés dejar una marca más personal".
Florencia también comenzó entendiéndose mejor con las guitarras, "pero después de haber hecho el primer violín siento que estoy en un viaje de ida, estoy como en un romance" (risas). Encontró en él el instrumento perfecto, al menos para ella. Dicen los varones que la rodean que la mano femenina se nota en sus trabajos, en las terminaciones detalladas, en la delicadeza. A pesar de eso, ella reconoce que "cuesta vender violines nuevos, más que nada a gente grande que tiene violines antiguos".
EXPERTOS VERSUS NOVATOS. El debate del prejuicio está planteado. ¿Están realmente abiertas las puertas de la luthería para la nueva generación? "Hay prejuicio cuando no se fijan en tu laburo –opina Jerónimo-. Te puede pasar con un músico que no sepa demasiado y se deje llevar por la imagen. Si el laburo es bueno, te lo van a reconocer tengas 20 o 60". Hernán es un poco más tajante en su pensar: "Si no llegás a mostrarles un instrumento, no te dan pelota". Aunque, según explica, parece que la excepción llega con la guitarra. "Ahí la cosa es más equilibrada. Hay quien busca guitarras de luthiers de renombre y de determinada época, pero también están los que ven una guitarra nueva, la prueban, les gusta y la llevan".
La mayoría de ellos trabajan por encargo, difícilmente tengan instrumentos en stock esperando encontrar su dueño. Se coordina la entrevista con el músico interesado, se conversa sobre qué espera del instrumento, el luthier trabaja sobre el diseño y las cuestiones técnicas, y entre idas y vueltas, todos deberían terminar contentos. "Generalmente yo lo que defino son cuestiones como las maderas, según lo que el músico necesite en cuanto a sonido, en cuanto a estética –explica Leandro-. Pero hay cosas en las que no se negocia, sin duda. Las maderas las decido yo. Me puede decir ‘me gusta un instrumento oscuro o clarito’, después yo veo qué madera oscura o qué madera clarita usar. Cada músico es diferente, y cuantas más certezas tenga de lo que quiere, es más fácil". Según Florencia, de todas maneras, "hay tanto público que, hagas el instrumento que hagas, le vas a encontrar un músico al que le vaya justo". Aun cuando cada instrumento de cada luthier tenga un sello único: "es como pintar una obra de arte, la ves y percibís absolutamente todo lo que le puso la persona a eso", agrega.
Tienen menos de 30 y, quienes no pudieron hacerlo aún, están viviendo esa etapa de la vida en la que buscan independizarse de sus padres. Pero eligieron un oficio en el que no es tan fácil hacerse de un nombre y prestigio. Aunque por los instrumentos bien hechos puedan cobrarse cifras interesantes, el comienzo de estos jóvenes luthiers es de pura inversión en materiales, maquinarias y herramientas. La recomendación es fundamental, coinciden los cinco. "Después -según Hernán-, es un segundo. El que sabe lo que quiere, prueba el instrumento y lo sabe. Es ése o no, punto".

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