Ni con Messi alcanzó

Sin equipo. El talento de La Pulga no alcanza en un seleccionado que no es capaz de encontrarlo para sacar su mejor versión, esa que es indiscutible en todo el mundo. Esta vez, hasta Bolivia y en casa lo puso en evidencia.

 

Argentina juega con Lionel Messi en su equipo, ese mismo que brilla en el mundo del fútbol. Lo tiene entre los 11 a un chiquilín capaz de discutir –a futuro, tal vez- la leyenda eterna de Diego Maradona. Lo tiene de cerca, ante su gente, pero con esa presencia que encandila a propios y ajenos apenas empata con Bolivia en el debut de la Copa América. 
Se enciende cuando tiene la pelota en los pies, casi naturalmente porque no necesita calor para la capacidad técnica. Se enciende porque es Messi, porque lleva la luz de los elegidos que hablan el idioma de la pelota. Se enciende, pero se apaga entre tanto barullo y traslado y falta de sociedad para que ese pequeño gigante mundial ilumine a todo un estadio que espera, inagotable, tanta magia vista por la televisión. Pero el fútbol del seleccionado no aporta ese espacio para el zurdo.
En un primer tiempo donde el detalle es que se le rompe el botín derecho –a los 10 minutos-, habilita a Ezequiel Lavezzi por la derecha, le pega al arco-responde el arquero- y se choca con Carlos Tevez en plena carrera a pura gambeta. A Messi, claramente, le falta algo. Tal vez, eso mismo tan ausente en Sudáfrica 2010, el armador anónimo que le permita libertades necesarias para jugar adelante, de nueve, de lo que quiera. En el rol de organizador, la Selección se pierde esa chance de ver en plenitud al mejor futbolista de la actualidad.
Alguna interpretación en el mediocampo con Ever Banega, no más que eso. Una pelea, en su fastidio por la falta de respuestas del equipo, con Rivero, el volante de la selección boliviana, que se pone frente a frente quizás para ver de cerca a esa estrella tan lejana.
Ese cambio táctico, la nueva apuesta de poner a Tevez como nueve definido, tampoco le dio aventuras y relaciones a Messi –al menos fluidas- con sus compañeros. Angel Di María, para abrir otro canal de diálogo. Sobre todo, en ese silencio tan agudo que se genera a partir del gol de Bolivia, en un estadio que no entiende bien qué sucede aunque supone por qué sucede. Otra vez, desde lo individual, el de Barcelona puede estar cerca por mano propia. La para de pecho, le da de primera y el arquero le quita la chance del empate.
Lo espontáneo, la astucia e improvisación, todo eso se pierde Argentina con Messi sin ese lugar que nadie es capaz de encontrarle. En algo tan sencillo como el fútbol, cuando se tiene al mejor intérprete, no debiera ser tan difícil captar las señales que a La Pulga le den herramientas genuinas, de esas que él bien conoce con ese Barcelona detrás en el que tiene la misión de definir todo eso que tan bien genera y se genera.
El ingreso de Agüero, alguien con el que Messi más de una vez manifestó que se siente cómodo en el ataque, insinuó el despertar definitivo. Sobre todo, con el gol del empate del Kun. Del diez se espera todo eso que se le cae de los bolsillos, el talento. Todo lo que, sabido es, ofrece por condiciones indiscutibles. Entonces, cada vez que la pelota pasa, cerca o lejos, la desesperación por un triunfo gana ese espacio para que todo lo resuelva el zurdo. Demasiado, para un futbolista que desde el Mundial pide a gritos por un pasador de pelotas.
El frío, tan parecido al de Sudáfrica. El juego, tan similar al de un equipo que no engancha el idioma de Messi. Ese pibe que habla en castellano, como todos . Un idioma que por estos pagos todavía nadie escucha.

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