Aquellas manos.

AQUELLAS MANOS

    “Miró a su derecha y divisó una silueta fantasmagórica que se esfumaba por detrás de las vías del ferrocarril. La figura se extendía en un codo de hierro y madera que doblaba en forma circular, siguiendo una línea imaginaria que se perdía en la claridad de la noche. Cruzó las barreras y distinguió nítida una franja de rayas azules y amarillas que bordeaban el contorno de ese espectro, enclavado casi en el límite de los barrios de Villa Crespo y Colegiales. Reconoció una vez más el estadio de Atlanta, club alguna vez importante en el fútbol argentino, pero venido a menos por esos extraños avatares de los negocios deportivos. 'Voy bien', se dijo a sí mismo mientras avanzaba por Dorrego, esa avenida tan opaca y nostálgica como el anochecer otoñal de cualquier junio en Buenos Aires. Conocía el recorrido de memoria, pero no le incomodaba refregarse en las retinas la geografía de cada punto de la ciudad. Al fin de cuentas, el tenía mucho que ver con la city y con su Concejo Deliberante, esa suerte de legislación de la comuna de Buenos Aires que otrora sirviese para que algunos pistoleros de la política que no alcanzaban a llegar a la Cámara de Diputados recibiesen de premio consuelo de sus mayores un escaño en el edificio de Perú 130. Había más mujeres en los bloques y la violencia de antaño que caracterizaba a las patotas de algunos ediles estaba disimulada como una especie en vías de extinción. Ya no existía plafond en la Argentina para seguir desangrándose en peleas a pólvora y cuchillo. Alguna rencilla con cadenas y manoplas de tanto en tanto –pensaba- pero no más que eso.

    El recuerdo del Concejo Deliberante le sirvió para hurgar, a la espera de que el semáforo le diera paso, entre sus desordenados bolsillos la credencial que le habilitaba a ingresar cuando quisiese en los lugares públicos administrados por la Municipalidad porteña. En la tarjeta de plástico, que según el viejo ritual de usos y costumbres en la Argentina de siempre, servía para 'chapear'. Fue aproximando el Sierra verde botella hacia el andarivel de la izquierda, con el propósito de doblar por la avenida Guzmán, calle desconocida –si las hay- en el laberinto porteño. Doscientos metros más adelante, pasando un monumental edificio de SEGBA, otra vez giró hacia la izquierda, y ahora sí divisaba las siluetas que le interesaban. A su diestra estaba la plaza, los enormes parques y plazoletas de la Chacarita, tan tristes y grises como la nostalgia misma. A su izquierda aparecían unos paredones altísimos. Calculó que tenían unos diez metros de altura. '¿Se irían a escapar los muertos que los construyeron tan altos?' No era una gracia: le ponía nervioso eso de jugar por plata con cadáveres. El cartel del 'Cementerio del Oeste' le recordó que si no fuese por el trabajo solicitado nunca se hubiese enterado de que el camposanto de la Chacarita lo bautizaron formalmente como del Oeste. Por su condición, no era de esos que filosofan diciendo que 'todos los días se aprende algo nuevo'. En su Boca natal, al lado del viejo caudillo, entre los de tantos conventillos que surtían de algunos pesos pesado para consumo del matonaje político, no se aprendía otra filosofía que la de la subsistencia diaria, la facultad de la calle donde existen otros códigos que en el común de los lugares. Eso le había servido meses atrás, para dejar moribundo al guardallaves del 'Oeste', un individuo bebedor y solitario por el cual –supuso- nadie reclamaría si aparecía golpeado en su lugar de trabajo. Al 400 de Guzmán estaba la primera entrada. Unos metros más adelante divisó el cartel que aún le causaba gracia: 'Aquí descansan quienes nos precedieron en el camino de la vida, es un lugar respetable, que debe ser respetado. No fije carteles ni inscriba leyendas'.

    Letras blancas, fondo verde; colocado cada setenta metros o un poco más sobre el paredón de la calle Guzmán, le sacudió el nerviosismo que llevaba dentro. 'No es para mí, yo no vengo a pintar paredes'. Bordeó la avenida y sacudió sus ojos en una rápida panorámica: la terminal de subtes, los metros finales de Corrientes, la estación Federico Lacroze y el semicírculo que tendría que hacer para ingresar por el 840 de Guzmán. Los otros debían estar adentro, haciendo lo suyo. Sujetó firmemente la credencial de plástico por si alguien, en el Destacamento Policial del cementerio, le exigía individualizarse. Unas horas antes le habían dicho que estaba todo arreglado, que nadie preguntaría nada porque los muchachos de guardia irían a tomarse una cerveza y comerse un choricito en los puestitos de enfrente, esos que humean grasa y carne rancia sin que Bromatología verifique en qué estado se encuentre la mercadería que venden. El gran portón tendría que estar cerrado a esa hora, pero unos minutos antes se había abierto para permitir su ingreso. Suspiró cuando unos metros más adelante bajó del Sierra verde botella y vio a los oros trabajando al lado de un tubo grande, presumiblemente de gas, junto a la bóveda del más querido y odiado dirigente del siglo: el general Juan Domingo Perón.

    El vidrio antibala, blindado, duro como el cristal, de ocho elementos unidos con polivinil butiral no precisaba de sofisticada tecnología ni equipos complejos manejados por profesionales de otros países. Era un simple trabajo de cabotaje. Sólo necesitaba protección contra intrusos, el resto lo dirigía él. En el cementerio no había casi personal de noche, cuando el rigor de las bajas temperaturas de ese junio frío y húmedo presumía que ningún muerto iba a pensar escaparse de su lecho. Lucía Alberti, la primera administradora de cementerios durante el gobierno de Alfonsín, había traído su gente para colaborar con ella, colisionando con los empleados de carrera del lugar. La dulce Lucía no era lenta ni dormía la siesta a la hora de distribuir con amigos los puestos claves del lugar. La había acompañado en esa ímproba tarea Carlitos Bello, barrabrava de Boca Juniors y 'alma mater' de una respetable cantidad de ciudadanos violentos de sus adyacencias, dispuestos a encarar el trabajo que su jefe, o el jefe de los 'tontons macoutes', estuviese necesitando.

    Alberti no estaba más en el lugar, ahora deambulaba en el Parlamento, para cosas mayores que inmiscuirse en esa 'interna' de cementerios, de la cual participan los 'lechuzones' de las cocherías, los marmoleros, los influyentes y otras especies que lucran con el dolor ajeno. Iriart, su reemplazante, estaba enfermo y no siempre concurría a la oficina. El lugar estaba vacío de curiosos, y efectivamente, pese a estar a no más de cien metros de la bóveda requerida, ningún policía daba el presente a esa hora. Utilizaron una punta común de albañilería, gasoil para quemar el poliéster y una masa de menos de un kilo para destrozar el vidrio previamente sensibilizado. En la quietud del cementerio, por la noche, los mazazos debieron sentirse en las mismísimas puertas del infierno. Cada partida de golpes duraba una hora pero parecía una eternidad, hasta que quedase la entrada al descubierto. A pesar de los ruidos, nadie molestó durante el tiempo que duró la operación. Después se fueron como habían llegado. Dejaron paso al ingreso del mutilador con su sierra a cuestas. Este quedó cara a cara con el líder muerto del más grande movimiento de masas de América Latina”, Las manos de Perón (¿Y porqué, señor Alfonsín?), de Jorge Boimvaser, editado por B&B en diciembre de 1991.

    En estos días, se cumplen exactamente 20 años de lo narrado más arriba, quizá uno de los enigmas más recónditos que azotó la Argentina en las postrimerías del siglo XX. Una operación planeada tan magistralmente, que hasta el día de hoy no sólo se ignora el paradero real de las manos amputadas, sino además ni una pizca de quienes fueron los autores materiales e intelectuales de tan macabra obra. Aunque sí existen indicios que llevan a inquietantes suposiciones, como puntualiza el libro señalado en el comienzo de la nota. Junto a otros dos, tales como Perón, la otra muerte, de Damián Nabot y David Cox, publicado por Agora en agosto de 1997 y La profanación. El robo de las manos de Perón, de Juan Carlos Iglesias y Claudio Negrete, impreso por Sudamericana en junio de 2002. Es que los tres se unen en una indagación que lleva a la misma e temible conclusión: quienes perpetraron el necrofílico hecho lo hicieron sabiendo que jamás saldrían de la niebla de la impunidad.
Como con Tutankamón

    En 1923, la tumba del rey adolescente Tutankamón fue descubierta por los arqueólogos Carnavon (británico) y Carter (estadounidense). A poco de este suceso científico, se sucedieron unas extrañas muertes que inspiraron una leyenda negra: quienes violaran el descanso eterno del malogrado monarca se hacían merecedores de un deceso horrible y repentino. El propio Carnavon fue víctima de la supuesta maldición, puesto que falleció a causa de una picadura de un insecto que provino del interior del recinto sagrado.

    Con la profanación del tres veces mandatario argentino, sucedió otro tanto pero bastante distinto. El primer finado fue el cuidador del Cementerio de la Chacarita Paulino Lavagno, quien sufrió una golpiza tremenda en abril de ese año supuestamente propinada por el comando ejecutor. Luego le tocó el turno a María del Carmen Melo, quien se hizo acreedora del mismo amargo medicamento en marzo de 1988. Seguidamente, el juez interviniente en la causa, Jaime Far Sau, perece en un confuso accidente automovilístico el 22 de noviembre del mismo año. En cambio, el comisario que secundó al magistrado, comisario Carlos Zunino, se salva de milagro de un atentado el 14 de agosto, también de ese año.

    Toda esta seguidilla de tragedias hacía suponer que manos no tan anónimas hacían lo indecible, desde la sombra, para que la verdad jamás saliera a la luz.

    Además de matar a estos personajes, los supuestos autores sembraron una infinidad de pistas falsas para confundir y enervar a los investigadores. Una enigmática carta, firmada por un ignoto grupo autodenominado Hermes IAI y los 13, se atribuyó la mutilación y pedía por el retorno de los miembros cercenados la friolera de 8.0000.000 de dólares. Una deuda, según esta banda, contraída por Perón por unos ignotos servicios prestados y nunca abonada.

    Uno de los destinatarios fue el caudillo catamarqueño Vicente Leónidas Saadi, un viejo zorro de buenas relaciones tanto con Montoneros como con Raúl Alfonsín. Siempre quienes siguieron el caso de cerca, pensaron que este sabía más de lo que alegaba públicamente: “Es verdad que él supo primero que el juez que a Perón le habían cortado las manos: recibió la carta de los profanadores con la novedad antes de que trascendiera. Pero también es cierto que tenía más información que el resto de sus compañeros. Enfermo, cerca de la muerte, en terapia intensiva, lo fue a visitar un empresario, íntimo amigo. Entre cables y cánulas, en un momento su visitante se animó y le preguntó:

    - Leoni, no te lleves el secreto. Decime la verdad, ¿que pasó con las manos de Perón? ¿Dónde están?

    -Preguntale al Monje Negro- atinó a decir Saadi en voz muy baja. El Monje Negro era Coti Nosiglia. (La profanación. El robo de las manos de Perón). Enrique Coti Nosiglia, jefe de la Junta Coordinadora Nacional, y luego ministro del Interior de Alfonsín, hombre de pocas palabras, casi nulas apariciones mediáticas y demasiados secretos.
Veinte años después, nada por aquí ni por allá

    Otra de las bajas colaterales de esta pesadilla fue el entonces comisario general Juan Ángel Pirker, quien fue hallado sin vida en su despacho el 13 de febrero de 1989, a menos de un mes del controvertido episodio de La Tablada. Para los amantes de las conspiraciones, el dato posterior de que “guardaba en su caja de seguridad varias carpetas conteniendo informes sumamente precisos respecto al tema de las manos de Perón, de la muerte de Cristina Onassis y de los vínculos de prominentes jefes del Movimiento Todos por la Patriacon funcionarios del gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Cuando también la muerte se llevó a Juan Prker, el ministro del Interior (el citado Nosiglia) retiró las carpetas de la caja de seguridad de la jefatura de la Policía y nunca más se supo de ellas” (Boimvaser, op.cit), siembra más enigma al caso.

    A pesar de tanta niebla, no existen dudas de que cotejando todo esto, se puede inferir de qué se trató de una operación urdida por profesionales, provenientes muy probablemente de los servicios de inteligencia tanto estatales como militares. Esto, con un claro objetivo manifiesto: “¿De qué sirvió atentar contra un cadáver como el de Perón? ¿A quién benefició? Mutilar el cuerpo del ex presidente no fue un objetivo en sí mismo. Fue un medio para recordar que existen pactos implícitos y condiciones que deben cumplir quienes habitan la cara visible del poder. En la operación hubo una curiosa alianza entre operadores de una organización secreta con ejecutores bien preparados, nacidos en las zonas más oscuras de la última dictadura militar. Sólo un grupo de estas características pudo planificar los tiempos de la profanación y hacerlos coincidir con el primero de julio: cortar las manos de Perón en Buenos Aires y luego, hacer lo propio en la quinta '17 de Octubre' y cortarles las manos a las figuras religiosas que allí había. Matar a testigos y hacer desaparecer toda documentación, eliminar al juez, terminar con la investigación y conseguir el silencio cómplice de los gobiernos” (Iglesias y Negrete, op.cit).

    Como se dice comúnmente, el tiempo pasó, la verdad también huyó y las manos jamás se recuperaron.

Fernando Paolella

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